Variadas recomendaciones surgidas de una rápida visita en librería de viejo encontrada de paseo por el centro de Chihuahua

Hace unos días me encontraba de paseo por el centro de Chihuahua cuando para mi gusto y gloria me encontré con una librería de viejo. Una de las cosas que más me agrada de visitar ciudades y caminar por el centro es encontrarme con una de esas librerías que han tenido el buen valor de comprar y vender libros viejos (decir usados puede ser una generalización pues algunos se nota que jamás los abrieron).

Iba con mi novia caminando buscando dónde comer y como un oasis luminoso en medio de un océano de sed me encontré con el mínimo reflejo de una estantería de libros. Mi novia, sabiendo que podría durar dos horas removiendo y leyendo títulos de montones de libros, inmediatamente me dijo: te doy diez minutos – ella traía hambre, y cuando tiene hambre hay que tener cuidado. Una es la mujer que conozco llena de ternura y otra la que tiene hambre- . Y yo con todo el afán pretensioso de una ceja levantada le dije: cinco minutos son suficientes para saber si vale la pena – diciéndome para mis adentros nerviosamente: diez se hacen quince y con suerte veinte-.

Entrar a esas librerías es una apuesta, puede uno perder horas sin encontrar nada valioso entre novelas del Reader’s digest – novelas horribles que no dejaba de leer mi abuelo – o salir triunfante minero que se topa con diamante.

Para mi sorpresa el primer libro valioso que encontré fue Trópico de Cáncer. Es más fácil encontrar el Trópico de Capricornio, he allí mi sorpresa. Sin embargo, lo dejé por el momento para seguir viendo. Después me encontré La Creación de Agustín Yáñez y lo tomé porque no he leído nada de él, y por otra razón que desconozco, lo tiendo a asociar con Mariano Azuela, del cual sí he leído Mala Yerba y me pareció de una narrativa sumamente culta, precisa, un verdadero conocimiento y uso del español. Leeré entonces a Yáñez sólo para hacer mi comparación personal con Azuela.

En el mismo estante me encontré con Epopeyas de mi patria de Juan de Dios Peza que según entiendo su vida se mueve en ambientes políticos importantes, y el libro es dedicado a su hijo que es Sargento del Ejército permanente, por lo que podría ser una referencia clara de México política y literariamente entre el S. XIX y XX, lo cual me recuerda lo poco que le he dedicado a la literatura mexicana y a su historia. Lo tomé y seguí viendo.

¡Un diamante!: El Denario del Sueño de Marguerite Yourcenar. Lo acaricié, un poco maltratado pero rescatable. Marguerite ha sido una maestra personal de obra y vida, como pocos escritores me han sido. Novela inconseguible, cuando es más fácil toparse con Opus Nigrum – que es buena pero no es lo mejor – o con los Cuentos Orientales, en fin que un diamante de verdad para un libro usado. Leer incluso Mishima o La Visión del Vacío, la biografía de Mishima a través de la mirada de Yourcenar es de una claridad límpida.

Ya con nuevos bríos por descubrir otro diamante mis ojos aceleran el paso entre los títulos, mi espalda se arquea para poder inclinar la cabeza y leer los lomos con mayor facilidad. Corro: Octavio Paz – ¿qué librería de usado no tiene a Paz? – sigo adelante, Pacheco – ya tengo lo que quiero – sigo adelante, Vargas Llosa – ya he leído suficiente – sigo adelante, Monsiváis – con uno o dos basta – sigo adelante, Rulfo – sólo tiene dos y ya los leí – sigo adelante, Maupassant – lo que sea se puede conseguir después – sigo adelante, Chejov – conviene tenerlo nuevo – sigo adelante. Caigo en desesperación y casi desfallezco.

¡Otro diamante!: Encontré Bajo el Volcán de Lowry en una edición típica de librería de viejo: Grandes obras del S. XX. Lo tuve, lo leí, me maravillé, lo presté y nunca más volvió a mí. Sólo una obra que se hace y corrige varias veces vale la pena. El artista hace, corrige, destruye, vuelve hacer, corrige, destruye. Es un proceso que podemos ver en Van Gogh, Rodin y otros. Semejante a lo que pasa con Otra vez el mar de Reinaldo Arenas, Lowry escribió cuatro o cinco borradores por diferentes azarosos motivos. Pensé: con este ha valido la pena. Aún me quedan 3 minutos.

¡¿Será posible?! ¡Memorias de Adriano! (también de Yourcenar). Bajo el volcán y ésta marcaron tempranamente mi visión de la literatura – ¿cómo es posible encontrar las dos novelas favoritas –y prestadas y jamás recuperadas – en un mismo lugar? ¿cómo puede ser que haya gloria para un pobre desdichado que sufre los embates de su novia hambrienta?

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Esas dos novelas significaron para mí un gesto de madurez precoz a mis 20 años y con las cuales me surgió la idea – y la promesa – de releer todos esos libros que marcaron en un inicio, y releerlos a mis 40 con un afán pseudoromántico. Pero he encontrado la necesidad de releer éstas dos novelas, pues los que saben de libros y de lecturas dicen que el verdadero placer no está en la lectura sino en la relectura. A mis casi 28, esos grandes libros se me aparecen – los libros se aparecen y se tropiezan con uno – me exigen releerlos y cuanto antes.

Siento que encontrar su valor a tan temprana edad es como un éxito – y como todo éxito es prematuro, dice Wilde – habrá que volver a esas páginas para encontrar otras cosas con la idea todavía en pie de releerlas a los 40.

Ya en la última fuga seguí buscando desesperadamente, el tiempo casi se acaba pero el que busca encuentra: Textos griegos y latinos de la editorial de la UNAM. Lo tomo apresuradamente y continúo. Mi actitud está ya dentro de lo que denomina compras de pánico. Sigo buscando pero no encuentro nada. Me resigno. Mi tiempo acaba.

Tomo los seis libros satisfecho pero con ganas de seguir buscando, los llevo al aparador. La muchacha hace cuentas en una libreta. Dice: son doscientos ochenta. ¡Ah qué gusto! Las librerías de viejo hacen justicia al lema de la FCE “la cultura al alcance de todos”. Cuando uno ya dejó las penurias de estudiante y tiene un sueldo, y tiene gustos, y los gusto se le hacen excéntricos – por así decirlo – cuanto más gana, y si no ha perdido su humanidad a causa de ello, y si gusta de los libros, las películas, y los discos, uno está acostumbrado a gastar más de mil pesos en una sola visita a la librería – sin querer parecer demasiado snob –; pero cuando escuchas nuevamente, porque has dejado de ir a las librerías de viejo, y te dice la muchacha de lentes profundos que no sabe lo que vende: ¡doscientos ochenta pesos! Uno no sabe si dejarse dominar por la alegría celestial o gritarle a la pobre joven que es una estúpida.

Dijo: déjame apuntar nada más los títulos en mi libreta. ¿Para qué?! No me digan que sí llevan registro!. Uno pensaría que no saben lo que venden pero sí, me disculpo internamente con ella. Mientras apunta lentamente en su libreta aprovecho el tiempo para ver a lo lejos el siguiente estante que no tuve tiempo de ver. Veo a lo lejos una edición de lomo dorado y blanco, colección de aventuras, y me digo: no creo que esté.

Doy un paso, me acerco, veo La isla del Tesoro – típico –. Me digo: no está, ni te hagas ilusiones. Pero sigo viendo mientras la lerda muchacha sigue escribiendo en su raquítica libreta. ¡Nostromo! ¡Dios, la gloria con la que me premias injusta y misericordiosamente. Nostromo de Joseph Conrad, es la novela que siempre he querido encontrar de él. Tengo sus Great Works donde se encuentras sus tres novelas más conocidas. Pero ésta nunca la había visto por ningún lado. Me digo a mí mismo: vas a ver, no puede ser tan grande tu gloria, va estar solamente el primer tomo. Dios me abre sus brazos: el tomo II. Los llevo con la muchacha y le digo descaradamente: este también y me lo dejas todo a trescientos. Ella los ve, calcula mentalmente, revisa sus notas y dice sí. ¡Qué rápida alegría! ¡qué furor de sábado sorpresivo! El viaje a Chihuahua ha valido la pena.

Salgo de la librería, furiosamente alegre, quiero escribir un himno. Pero mi novia está hambrienta y hay que conseguir algo. Ya armado con la valentía de la exaltación me atrevo a decir: ¿crees que haya lonches de carnitas en Chihuahua? Ella me dispara su mirada llena de fuego pues odia el olor de las carnitas. Sonrío para calmarla, era broma. Observo: Café d’arte. Nombre horrible pero seguro. Le digo a mi novia ¿te parece?, ella dice sí y avanzamos.

Así es como termina la alegre y hambrienta historia de la librería de viejo y la mujer famélica, con un abrazo después de comer mientras levanto mis libros detrás de su espalda con un gran sosiego.

Luis Carlos García

Luis Carlos García

Nacido en 1986 en Torreón, Coahuila. Estudió ingeniería en alimentos y licenciatura en filosofía. Hizo el diplomado en creación literaria de la Escuela de Escritores de la Laguna de 2006 a 2008, en la que después se desempeñó como maestro de filosofía. Actualmente divide su tiempo entre las obligaciones profesionales y su vocación por la filosofía y la literatura.