Alfredo Loera

COLUMNA

Por Alfredo Loera

Columna

¿»Casa de muñecas» en verdad ya no tiene nada que decirnos?

El domingo 5 de junio a las 8:00 de la noche se presentó en Plan B Estudio Teatro la obra #TodosSomosNora, dirigida por Alam Sarmiento y María Tinajero. Estas son algunas reflexiones al respecto.

La obra es un ejercicio escénico a partir del clásico de Henrik Ibsen Casa de muñecas (1879). Digo que se trató de un ejercicio escénico porque la presentación aún no logra transmitir lo teatral. Es una práctica, un ensayo y otra vez el público quedó insatisfecho, desconcertado, al menos en la función a la que asistí; usando un término de moda, no hubo representatividad y eso quedó constatado en el silencio incómodo después del oscuro y por el aplauso flojo que se dio más por amabilidad de parte de los espectadores (nuestro público siempre generoso) que como una manifestación de conformidad. Desde luego no faltaron las felicitaciones de familiares y amigos hacia las actrices.

En ese sentido, después de presenciar este trabajo, la pregunta que surge es ¿por qué se hace teatro? En este texto quiero aclarar que no pretendo decir cómo se debe hacer esta actividad, ni siquiera estoy pidiendo una justificación hacia mi persona, sino que intento a la luz de la propuesta presentada indagar lo que se pretende. Por otra parte, tampoco quiero hacer entender que se cancele toda actividad o que las actrices dejen de participar en la escena regional o cualquier hecho relacionado, sino solamente es una reflexión, la cual considero necesaria, aunque sea únicamente para dar a conocer inquietudes. Después de todo quien redacta estas líneas también pagó su boleto.

Comento que la pregunta salta cuando se asiste a este tipo de puestas: ¿por qué estas personas quieren hacer teatro? (no hay sarcasmo ni acidez en la pregunta). Es decir ¿qué es lo que las mueve o lo que las motiva a cobrar una entrada y sentarnos una hora a mirarlas? Sé que las actrices que participaron están en formación y que lo que vimos fue un trabajo que surgió por el desarrollo de un taller que los mismos directores impartieron. ¿Se podrá decir entonces que fue una especie de examen final? ¿Lo pasaron? No quiero ser yo quien responda a esa pregunta, sino que eso lo tendrían que aclarar los mismos organizadores. Las preguntas siguen surgiendo y quizá si leen este texto puedan de alguna manera responderlas, pero no porque alguien desde acá esté juzgando con su dedo inquisitorial, sino porque desde la distancia parece que no han pasado por el filtro o por la toma de consciencia que todo artista (considero) necesita hacerse, tan sólo para tener un mínimo de honestidad ante el público.

En un país como México precisamente eso es lo que más hace falta. Digamos que las diferentes profesiones, los diferentes sectores de la sociedad se han metido en un proceso de corrupción del cual difícilmente saldrán en el corto plazo. La población de México carece de resguardos ante las tomaduras de pelo, ante las simulaciones. Es decir ya sea en la escuela, en la oficina, en el negocio, en la iglesia, todo lo que se presenta es falsedad, como ya dije, simulación (que no disimulación: para mayores aclaraciones por favor revísese el ensayo de Francis Bacon “De simulación y disimulación”). El doctor hace como que cura, el maestro hace como que enseña y el gobernador hace como que gobierna. Quizá solamente la delincuencia es de los pocos sectores donde en sí se realizan las acciones planteadas, el narcotraficante no hace como que trafica, sino que él en sí, sí trafica (tal vez cansado de la simulación se haya puesto a vender droga). Un espectador no va al teatro para seguir con toda esta dinámica de la simulación (va al teatro en vez de vender droga o sacar un Ak-47), lo menos que se esperaría es que en el teatro sí hubiera verdad, que los actores no hicieran como que actúan, sino que actuaran, sin importar que su propuesta sea tradicional o diferente (acá no tenemos nada en contra de lo alternativo, pero sí de lo simulado en el peor sentido de la palabra). Se suponía que las artes eran de las pocas cuestiones que nos quedaban; al menos una sinfonía bien compuesta o una canción popular bien cantada no nos estaban fallando, es lo que podía uno decir; una novela, un poema no mienten, si están bien escritos, es decir no simulan que son esto o lo otro; no simulan que están bien escritos (aunque rompan con todas las reglas de la literatura), simplemente lo están. Si no lo están entonces se entra al mismo círculo vicioso al que como sociedad desde hace muchos años hemos entrado. He ahí la responsabilidad del artista y de todos los ciudadanos conscientes. Y bajo este contexto es cuando me viene la pregunta ¿para qué quieren ser actrices? Para recibir aplausos o para algo más. Los aplausos, los amigos, hagamos lo que hagamos, nos los darán. También es necesario recordar que el espectador y el lector son hipócritas (recordemos el verso de Baudelaire “hypocrite lecteur!—mon semblable,—mon frère!”), y eso no está mal, es una de las libertades que pueden tener los espectadores en esta sociedad llena de candados. Si voy al teatro puedo burlarme, puedo quedarme callado o aplaudir si así lo quiero aunque en el fondo no me haya gustado nada. Pero lo que me sorprende es que en muchos casos los actores y actrices y muchas de las personas de teatro en la región no quieren darse cuenta de esto y eso de nueva cuenta obnubila el pensamiento crítico y el posterior desarrollo del teatro. Genera el conformismo y la hipersensibilidad ante cualquier observación contraria. La pregunta persiste ¿por qué hacer teatro? Para que nos den aplausos o para explorar realidades humanas. No lo sé, ustedes lo dirán.

Pero vayamos ahora a un análisis más concreto respecto a la obra.

La obra tiene una propuesta escénica diferente, la cual es que el personaje de Nora Helmer lo interpretan cinco actrices al unísono. Las actrices son Alejandra Cabral, Ángeles Escamilla, Angélica Galván, Estefanía Marrufo y Mafer Martínez. Lo que sucede es que ellas se mueven al mismo tiempo como una especie de coro y dicen los diálogos del personaje de Nora. Esta propuesta de dirección no me parece reprochable, pero siempre que se realiza algo por el estilo aparece la pregunta ¿por qué?, la cual no se podrá negar que es legitima por parte de los espectadores. ¿Se hizo de esa manera porque no había una obra que incluyera a cinco actrices? Lo dudo. ¿Se hizo porque todas las actrices querían hacer el personaje protagónico y no se podían poner de acuerdo? Tal vez. ¿Se hizo así porque ninguna estaba preparada actoralmente para interpretar el papel de Nora? Se vio en la escena. Se dice que dos cabezas son mejor que una y que por lo tanto cinco serán mejor que dos, tres o cuatro. Asimismo, está demostrado que eso no aplica en las artes. En las artes dos no son mejor que una, como dos más dos no son cuatro, sino cinco (hablo de las artes). Ahí está la principal falla de esta puesta: a pesar de tener a cinco actrices no hubo personaje, no hubo teatralidad, no hubo representatividad.

Últimamente he constatado una crisis dentro del ambiente teatral. El hecho es debatible pero no por eso deja de ser pertinente hablar de ello. En fechas recientes he asistido a discusiones sobre el teatro; la corriente dominante (si todos están intentando lo mismo es porque creo que muchos se dejaron dominar por la idea) trata casi por sistema de negar a lo que malamente se ha llamado texto. Me parece curioso que la gente de teatro tenga dificultades para contrastar lo que es el texto en sí y el medio por el cual se transmite. Lo que quiero decir es que la gente de teatro ha llegado a confundir lo que es el texto con la redacción de la obra. El texto en sí no es las palabras que están escritas en un guion, sino que el texto es lo que la obra puede llegar a transmitir por medio de ese guion, y más allá, por medio de la actuación. A lo que voy (y es aquí donde veo la laguna entre mucha de la gente de teatro) es que la obra de arte no está solamente en los materiales que la conforman; es decir no está solamente en las palabras, sino que está en lo que se señala o apunta por medio de esas palabras, lo cual se puede definir, a falta de mejor concepto, como la experiencia poética.

La pintura de Salvador Dalí no es solamente el material del cual está conformada sino que de fondo hay toda una cosmovisión, toda una realidad desde una mirada precisa. Recuerdo la entrevista que hiciera el muy ignorante Jacobo Zabludovsky a Dalí (https://www.youtube.com/watch?v=KZD_pxw_UiA), en la que le pregunta acerca de cuál era su mayor aportación a las artes, ¿el dibujo, el grabado, los colores? Un Dalí exasperado por el vacío intelectual y emocional de Zabludovsky se levantó diciendo que su mayor aportación, su originalidad, estaba en la cosmogonía; desde luego que el conductor de 24 horas, inmerso en la falsedad y corrupción social que comento párrafos arriba, no supo a qué se refería con esto; estoy seguro que muchos de los que ven el video en la actualidad, enajenados por el mismo sistema, no son capaces de comprenderlo tampoco.

Hablando de las pinturas de Dalí, el texto no está en los colores, ni en el dibujo, no lo están solamente ahí, sino que el texto de Dalí, como él dijo, está en su cosmogonía, en la realidad que él propone, en la develación de las falsedades de las realidades, en estos momentos, consumistas. Si extrapolamos estos comentarios cuando hablamos de teatro, el texto no está solamente en los diálogos escritos, más bien están supeditados a una cosmogonía, a una mirada de la obra, del autor al que se desea escenificar. Stanislavski lo llamaba quizá el subtexto, pero creo que lo que quiero decir va más allá de eso, porque la cosmogonía de la obra no sólo la deben entender los directores y las actrices, sino que también los directores y las actrices necesitan hacerse de una propia. No se trata de pararse frente a cincuenta personas a gritar los diálogos; se trata de que con ellos se apunte hacia algo que no está del todo dicho en ellos, pero que en la interpretación se hace evidente. A pesar de que se hizo una adaptación, a pesar de que se dijeron algunas de las palabras de Ibsen, en realidad no hubo texto, no hubo experiencia poética. Ahora bien, lo de la experiencia poética es un tema que dejo aparte por el momento, pero con este concepto no me refiero a la cursilería o a algo artificioso, más bien a todo lo contrario. Nuestros maestros de español, para ser francos, nos han impedido entender lo que es lo poético, lo cual poco tiene que ver con las metáforas y la versificación, pero por otra parte considero que un actor no debería tener confusión en esto, menos un director. Esta es la laguna que no les permite ni ser clásicos ni experimentales.

Pero volviendo a la obra. Se adaptó el guion de Ibsen, pero al mismo tiempo se dejó de lado el texto. Mucho se ha dicho al respecto de que el teatro actual no necesita texto. Eso es una falsedad. No necesita guion, tal vez, pero del texto no se puede prescindir, porque el texto es eso que se apunta con la teatralidad que se desea expresar, transmitir. Si una obra carece de esto ya sea que tenga un guion escrito o no, carece de cualquier justificación, y creo que si vas a cobrar y a tomar el tiempo de los demás debe haber una justificación mínima, puede ser lo admirable o lo político, pero si no existe ¿cuál es el caso de quitar tiempo de vida a los otros? La adaptación respetó algunas de las palabras, pero no el texto en su complejidad y por eso las actrices no pudieron, entre otras cuestiones, actuar. Digamos que hablando de pintura, se respetó el trazo, pero no la cosmogonía. Precisamente eso sucede con las malas copias.

¿Por qué digo que no se respetó el texto? Porque no se comprendió. No se comprendió porque se piensa que el texto es la redacción de Ibsen. Para empezar ni siquiera tenemos a Ibsen en las manos, Ibsen está en noruego, lo que tenemos son la palabras del traductor. Si se tomó la edición de Losada, tenemos las palabras de Christian Kupchik. Ahora si el texto fuera solamente la redacción, jamás entenderíamos Casa de muñecas, al no poder leer la redacción original. El texto va más allá de eso, y gracias a eso es posible verter la misma obra en otro idioma. Ahora bien, quizá lo que ya no funciona es la estructura original de la obra, los tres actos, el dialecto español de la traducción; pero dudo mucho que el texto, como lo he explicado en este comentario, deje de ser vigente. La puesta en escena de #TodosSomosNora quiso parodiar con una estética kitsch, pero como no entendió el texto me parece que no lo logra. Por otra parte, y esto es lo menos comprensible, parodiar las temáticas de Casa de muñecas (considero) resulta frívolo y en algunos puntos grotesco, porque significaría parodiar, rebajar, burlarse de la condición actual de las mujeres, la cual sabemos se encuentra todavía en un estado de represión social. Quizá este texto en Noruega haya sido superdado pero ¿en México, especialmente en México?
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Señalo motivos de la obra de Ibsen que no se vieron en el montaje:

a) La supuesta responsabilidad moral que tienen las mujeres por mantener la felicidad del hogar burgués.

b) La supuesta responsabilidad moral que tienen las mujeres por ser ecuánimes y felices en cualquier urgencia.

c) El sobre trabajo que sufren. No sólo es necesario que se encarguen del trabajo doméstico, sino que también deben encargarse del sustento económico, debido a que el marido es una especie de ente parasitario.

d) El hombre como figura de poder que la mujer por cuestiones morales mantiene en estatus de lo ideal.

e) La necesidad de trabajo de las mujeres en una sociedad machista.

f) La falsedad de la clase media y la burguesía. La pretensión de estabilidad.

Me pregunto ¿hemos superado estos problemas? ¿Son los problemas de Ibsen (el texto real del mismo) algo superado, ridículo y banal?

Alfredo Loera

Alfredo Loera

Alfredo Loera (Torreón, 1983) es Maestro en Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana. Inició sus estudios de literatura en la Escuela de Escritores de La Laguna. De 2009 a 2011 fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. Publicaciones suyas han aparecido en revistas como Casa del tiempo, Círculo de poesía, Fundación, Pliego 16, Ad Libitum, Este país, Siglo Nuevo. Sus libros son Aquella luz púrpura, (2010, 2017, 2023); Wish you were here, (2019, 2023); Guerra de intervención (2022), disponibles en Amazon como ebook o libro impreso.