Columna

Dos libros en cierta estima

En la casa de ustedes, que es la mía, tengo una biblioteca como la de Babel. Ya saben, libros sobre libros que forman columnas que parecen sostener el cielo.

Entre mis posesiones más valiosas se encuentran la Biblia de Gutemberg, la edición manuscrita del Quijote y la primera versión de Cien años de soledad, cuando apenas iba en la primera década. Esa versión se llamaba Década de soledad. Más tarde se llamaría Bodas de plata de soledad, y así hasta completar la centuria.

El poseer estos tesoros de la literatura universal me ha vuelto blanco de secuestro. Por mí pueden venir por ellos y llevárselos. No me importan. Yo soy como el hermano Francisco, si es que el santo de Asís hubiera sido bibliómano. Es decir, deseo pocos libros y los libros que deseo, los deseo poco. Seguir leyendo

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¡chulas tertulias!

No recuerdo en que año vi Media Noche En París de Woody Allen, pero sí recuerdo haber dicho ‹‹¡Ay, qué bonito!›› cuando su alter ego conoció a Ernest Hemingway.

Seguí el resto de la película más embelesado que con una porno, haciéndome chaquetas literarias con los otros personajes que interactuaban con alter Allen.

Me dije ‹‹yo estaría de nalgas por conocer a Eliot››, ‹‹¿por qué no vivo en Nueva York?››, ‹‹¿por qué mi belle époque se centra ahora en los bares hípsters del distrito Colón?››. Terminé la película con un cuadro de nostalgia, que llevé conmigo a las diversas cantinas que frecuento, con la vana ilusión de encontrar a un Buñuel.

Hasta que un día dejé de andarme con mamadas. Retomé mis terapias de autoestima y me dije ‹‹sí has tenido tertulias literarias con personajes que, si bien no son Borges, son ellos mismos››. Y me la he pasado de poquísima madre. Y también me la he pasado tan aburrido como aquella vez en que me puse a ver crecer el pasto. Seguir leyendo

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Juan Rulfo

Lo leí en la adolescencia. Recuerdo que compré Pedro Páramo en la Soriana. Años después, ese volumen se lo regalé a una mujer, quería que lo leyera. ¿Será redundante comentar el deslumbramiento que me causó la novela? Quizá lo que más me sorprendió fue el lenguaje. En mi experiencia los libros tenían una lengua distante, una lengua que no me pertenecía. Pedro Páramo engendró en mí la escritura y me hizo creer en los libros, lo cual ya es mucho. Pareciera que nada más puede decirse de este autor que no se haya dicho de mejor manera. Alfonso Reyes comentaba que después de escuchar un gran poema sólo queda el silencio. Y así pasa cuando uno termina de leer Pedro Páramo.

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Bloqueo de escritor

Es esa enfermedad moderna, creada por el hombre al mismo tiempo que la depresión pos parto, el dolor de espalda, el calentamiento global, el SIDA.

Describe la afección dolorosa que provoca el no poder escribir. Así como lo dijera Vallejo –el César-, “Quiero escribir pero me sale espuma”, pero con un gemido lastimero.

En otras palabras es la incapacidad total momentánea que tiene el escritor, en exclusiva –porque no se aplica a ninguna otra profesión. Es decir, no hay un abogado que diga “ay, no quiero litigar”, no hay un maquillista que diga “ay, no me salen las sombras”.

No terminé la idea. Dije que es la incapacidad total momentánea que priva al escritor de sus facultades grafológicas. O sea, no puede escribir. No puede poner una letra junto con la otra para formar una oración.

En otros casos muestra síntomas de entumecimiento de las cualidades volitivas para continuar con los o tres renglones que escribió en una servilleta, la otra vez que estuvo en la cantina y sintió el llamado de la inspiración.

El síntoma más claro es la queja. El escritor pega un grito estridente, como si recién le hubieran amputado las piernas. Peor que una madre cuando se le pierde el hijo. Más grave que cuando te golpeas el dedo chiquito del pie con una pata de la mesa. Seguir leyendo