Ignacio Garibaldy

COLUMNA

Por Ignacio Garibaldy

La ruta de las chingaderas.

Ha sido, es y será, una hispter llamarada de petate el convocar a los asoleados laguneros a eventos llamados “rutas de…”

Tan original idea consiste en recorrer a pie –a pincel, a patín, en Dodge patas– diversos lugares señalados como importantes, según el magnífico criterio de la mente maestra que organiza el evento.

Las más comunes son las gastronómicas, también sumamente preferidas por los escritores. Esta clase de seres humanos con frecuencia tiene hambre. Por lo tanto se ve en la penosa necesidad de satisfacerla y hablar de ello como si fuera una experiencia religiosa, sentir que resucito si me tocas.

Pobres hombres –digo hombres porque las mujeres escritoras, en cuanto hembras, saben cocinar–… hombres maltratados que, continúo, carentes de las habilidades necesarias para la cacería, se atienen a otros verdaderos hombres que sí saben matar a pedradas un venado y servirlo a la mesa con todo y cornamenta, y beber su sangre caliente para tener más vida.

Pero como en nuestros cerros pelones no hay animales silvestres, y si los hubiera estarían protegidos por los animalistas que no pueden ver ni un burrito en la calle porque sangran… Como no hay, prosigo, deliciosos bisontes paciendo en el Bosque Venustiano Carranza –próximamente terrario Carranza–, se tienen que conformar con un noble plato lleno de menudo, con tres gorditas surtidas y una coca –que es una promoción que toda cocina económica ofrenda–, tacos al vapor –que no de canasta porque no son chilangos–, tacos de tripa y así…

He dicho que comer es casi una experiencia religiosa, contigo cada instante en cada cosa, que tiene que ser comunicada a otros porque… ¿por qué? Pues porque esa fuerza herculina que le aplica la gordera a la harina con sus morenitas manos, ese sazón que proviene de la sal –o del sudor de su frente, no se sabe–, esa salsa martajadita que pica rico, ni mucho ni poco sino el punto medio en el que besar la boca tuya merece un ¡Aleluya! –Me refiero a la coca que apaga el dulce fuego.

Me perdí un poco… Pues sí… La combinación de todo eso es buena al alma y al cuerpo.

¡Pos ándale! Intégrate un colectivo multidisciplinario que trace en un mapa el camino real a seguir, golpe a golpe, puesto a puesto. Durante el trayecto hagamos chingadera y media para entretener a los paseantes. Tú, camarada fotógrafo, tomas las selfies y la panorámica; tú, hermana bailarina, haces un performance con el aceite de las gordas infladas. Tú, escritor, ¿qué te pondremos a hacer?, bueno… rífate con la crónica para que, cuando hagamos la edición, se use como un prólogo.

Hay rutas gastronómicas, ya se dijo apenas un ratito, líneas arriba. Asimismo hay bicicleteras, que más bien deberían llamarse selenitas porque se pedalea por los hermosos cráteres de las calles de la Comarca Lagunera. Hay unas que parten de la torre Eiffel que reluce en Gómez Palacio y luego te vas todo de fresa hacia el centro, pasando por el kilómetro 11 40, donde hay unas monstruosas efigies de los héroes que nos dieron Patria y Revolución, cobijados por las alotas de un águila en 3 D, próximamente con lucecitas.

A propósito del tema, ya ven que los cronistas oficiales están bien entrados en la historia de la Revolución en La Laguna ya que no existe más historia, allí el tiempo se detuvo, todavía huele a pólvora en Trincheras, esos casquillos de bala no son de cuerno de chivo sino de máuser, de 30 30 canana y pistola, y mi tordillo decía decía…

Pue sí… los cronistas aprovechan el tema y organizan rutas de la Revolución por los lotes baldíos, ruinas, estacionamientos y farmacias, donde antes hubo casas de la época.

A mi parecer la organización de esta clase de eventos, por más hípster que sean, tiene su justificación en que las tres ciudades que se hermanan para formar La Comarca Lagunera no son hermosas, por más teleféricos que se pongan, por más que se cierren calles para hacerlas paseos peatonales, por más regatas que recorran los ríos.

Queda lo imaginario. En este campo se puede hacer de La Comarca Lagunera el Shangri La del desierto.

No sé si han notado que los consumidores de las rutas de las chingaderas son principalmente los mismos laguneros, como se dijo al principio. Pero, ¿qué clase de laguneros? Aquellos que no conocen su ciudad, ya no digamos la historia de la misma.
Cosa por demás chistosa y problemática. ¿Cómo es posible que un morrito de quince años, que vive en Residencial Huevo de Perro no sepa en dónde está Lerdo? ¿Cuán disfuncional es éste morrito que desconoce las rutas de camiones y sus horarios? ¿Dónde están los abuelos de esos morros que seguramente vivieron en el Centro y por qué no los llevan a comprar tortillas a otro lugar que no sea el Oxxo, o por qué ya no los mandan a comprar una caguama en la tienda clandestina? ¿Qué está pasando?

Reconozco que hay otras cosas más importantes en el país como para preocuparse por esto. Están vendiendo el petróleo, la reforma educativa está fracasando, Estados Unidos nos invade, la vaquita marina está en peligro de extinción, no hay nada que celebrar, me dueles México, todos somos Venezuela.

Pero me vale madre. Mi tema es éste. Tengo derecho a hacer mi protesta porque ¿no se dan cuenta de que el morro lagunero no conoce su ciudad? ¿Qué clase de hijos le estamos dejando al mundo?

Todavía más grave, según mi entender, es el problema de la carencia de barrio de quienes organizan las rutas de las chingaderas. Es decir, el genio que se avienta la logística del trayecto, si bien es un genio literario, ¿cuándo pinches madres ha caminado por las calles a las cuatro de la tarde? ¡Nunca! Ahí va, en su carrito, con su maricón clima, ventanillas arriba para ignorar al noble limpiaparabrisas.

A lo mucho, y sólo cuando se da el evento, camina junto con los invitados, consultando en su teléfono un mapa, usando lentes oscuros, camisa blanca de manga larga, como si estuviera en Yucatán, ¡ay, ay! ¡Soy virgencita y riego las flores y entre las flores me encontrarás!

No le estoy exigiendo al genio cronista que, como requisito para ser lazarillo urbano, muestre un certificado médico que compruebe que adquirió la tifoidea en los puestos del mercado Alianza.

De hecho, le puede valer verga lo que yo opine, porque cuenta con la mentira literaria para escribir.

Sin embargo, hablando en términos de ética, se vuelve necesario una experiencia, atea al menos, de lo que va a tratar en orden a transmitir una sincera educación urbana.

Soy un hombre de ideas y se me acaba de ocurrir una. Quisiera que cada jefe de familia o jefa de familio, según sea el caso, mande llamar al hijo más meco que tenga, al más pendejo, al más distraído. Y que le diga: a ver, estúpido, aquí hay $100, tú sabrás cómo le haces, animal, pero quiero que con este dinero vayas y vengas a San Pedro.

Y que le dé una patada en el culo como despedida. Si el morro no regresa, pues ya estaría de Dios, ni modo, estaba condenado a la perdición, qué bueno que fue ahorita y no más delante.

Pero si regresa, que se le trate como un verdadero hombre, se le ponga al lado una caguama y que la beba de un trago. Y para que sea más hombre, lo volvemos escritor, yo le doy un taller de escritura creativa, y nos vamos juntos a recorrer lo que antes vivió, el otrora pendejo.

A este evento le voy a poner La Ruta de la Vida. Luego los invito a la conferencia.

Ignacio Garibaldy

Ignacio Garibaldy

Dramaturgo egresado del diplomado en creación literaria de la Escuela de Escritores de la Laguna y maestro de dramaturgia en la misma institución. Becario del FECAC en la categoría de jóvenes creadores (2006-2007). Autor de Tres tristes vírgenes (U.A. de C. Siglo XXI. Escritores Coahuilenses. Cuarta Serie. 2011).

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