Reseñas

Mar de la tranquilidad

El más reciente libro del poeta Jaime Augusto Shelley, Mar de la tranquilidad, es todo menos que reciente y mucho menos tranquilo. Fue publicado en el 2011 por la Universidad Autónoma Metropolitana –en su colección Molinos de Viento No. 145–, con un escaso tiraje de 500 ejemplares.

El posible nuevo lector de poesía que casualmente esté leyendo esta reseña, se ha de estar rascando la cabeza dubitativamente. ¿Cómo es posible –se preguntará– que un poeta tan importante en la historia de la literatura mexicana –porque lo es– haya tenido un mísero tiraje en su última publicación?

Las razones son variadas, históricas, graves y vale la pena mencionarlas. En primer término está el ninguneo que ha sufrido desde su primera publicación fuera del grupo La Espiga Amotinada –me refiero a La gran escala (Universidad Veracruzana 1961)– que fue deficientemente promovido. Lo mismo pasó con las obras posteriores que van del 61 al 76, Himno a la impaciencia (Siglo XXI Editores) y Por definición (FCE).

Por otra parte, la crítica no lo ha sabido ubicar, dentro de la historia de la literatura mexicana. Cuando no repite el lugar común de que perteneció al grupo La Espiga Amotinada –que es visto como uno de los grandes grupos revolucionarios por su compromiso social, aunque su vida como tal sea de cinco años, a lo mucho–, se conforma con decir, a secas, que hace poesía experimental.

La razón más importante, y que tanto les duele a sus pocos lectores cuando entran en modo remilgoso, es la propia actitud de Shelley que va contracorriente del streaming cultural mexicano.

Rehúye la autopromoción cuando da conferencias y talleres –y sin embargo, logra despertar la curiosidad de sus alumnos y escuchas que intentan, por todo medio posible, conseguir sus poemarios–, es decir, no habla de sus libros ni para mencionar la historia detrás de ellos; no usa su obra como ejemplo dentro de la clase; y no vende sus libros ni por adelantado, como lo hacen algunos.

Incluso carece de redes sociales y de página oficial. Los pocos poemas que se encuentran en internet han sido publicados sin su autorización en blogs anónimos, o en otros más serios como crestomatía, por los cuales se puede acceder a cierta parte de su obra.

Por su actitud, insisto, que va en contra del streaming literario nacional, entre un libro publicado y otro hay periodos de tiempos bastante largos. El anterior a Mar de la tranquilidad es Fantasmas, del 2009; y el anterior es Concierto para un hombre solo, del 2001; y antes que éste estuvo Patria prometida, de 1986. Hagan ustedes las cuentas.

Por si esto no fuera suficiente, las primeras ediciones fueron de tirajes cortos, malamente promovidas, y hoy se encuentran agotadas. Se consiguen a través de copias fotostáticas, y principalmente por milagro divino, no sin pagar un alto precio.

No sabemos si algún día se editarán las obras completas de Shelley, lo cual sería maravilloso para sus raros lectores, y un problema enorme para su compilador ya que por ahí, perdidos en el tiempo, hay poemas sueltos, ensayos y cuentos, deambulando por ediciones de revistas agotadas. En fin…

Mar de la tranquilidad no es nada tranquilo. Shelley vuelve a aquello que siempre lo ha caracterizado: una poesía de compromiso social y de denuncia; una poesía que pone en tela de juicio la relación amorosa de pareja; una poesía que le sigue hablando a los poetas fraternalmente, y corrigiéndolos, o de plano haciendo mofa de su actitud como poetas que no son pero que escriben versitos.

Hay que aclarar que Mar de la tranquilidad es un poemario que contiene los poemas con los que Shelley ganó, en el 2005, el desaparecido premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa de Torreón, Coah. Algunos de estos textos aparecieron por primera vez en Fantasmas, con un tiraje de 500 ejemplares también. Y más recientemente, con motivo de los ochenta años del poeta, se publicaron otros poemas de este libro en el número 44 de la revista Casa del Tiempo de la UAM, en este año 2017.

Ahora, en esta edición de Mar de la tranquilidad, se incluyen otros más, logrando un poemario individual, tan significativo como los primeros que le dieron, mal que bien, un lugar dentro de la literatura nacional. Y es que, querámoslo o no, él es principalmente conocido como uno de los miembros de La Espiga Amotinada, y varios de sus poemas fueron incluidos en el ya clásico libro Poesía en movimiento, antología de la poesía mexicana moderna, compilado por Paz, Chumacero, Pacheco, Aridjis. En este libro, la biografía literaria de Shelley no rebasa todavía la labor con el grupo. Por ende, quien lea ese libro y sus poemas, lo identificará inevitablemente con el grupo, ni modo.

Shelley retoma sus temas predilectos: el amor, lo social, la poesía. Lo hace sin reciclarse, sin caer en el panfleto, y sobre todo sin aburrir. Su visión, reflejada en sus poemas por su breve extensión y versos de arte menor, se vuelve más reflexiva, pero no por ello menos intensa. Aquí consigno Ars moriendi, completo, porque no puede leerse a fragmentos:

Aúllan, aúllan.
Dan miedo
las calles.

Aúllan, aúllan.
Caen muertos.

La gente guarda
silencio.
Cierra las puertas.

Aúllan, aúllan,
No los lobos,
los hombres.

Este poema sigue en concordancia con Himno a la impaciencia, poema escrito en el exilio en Canadá, que habla sobre los hechos de 1968, porque hoy seguimos viviendo el mismo caos, el mismo dolor, la misma muerte. Pero, en comparación, Ars moriendi tiende más a la lírica que al poema de gran aliento; sus versos e imágenes son más claras, pero se imponen rotundamente.

Hay más poemas con referencias a lo social, siempre cuestionado por Shelley: Ars vivendi, Miserere, Fin del horizonte, Del verbo despertar, y el que es sumamente irónico, punzante, doloroso Pequeño dialogo para definir el capital, que es una divertida aparente escena en la que los diversos capitales económicos, hacen una parodia del Padre Nuestro, pero en términos de economía.

En el mismo tenor, el de la ironía, Shelley hace una gran mofa, una gran destrucción de los ídolos literarios –cosa que le gustaba hacer desde que era joven, en contra del grupo de Los Contemporáneos, por ejemplo–, es el poema Otro valor sobreentendido:

Si hacen Historia,
verán que
atrás de todo Octavio Paz
hay siempre
un gran Emilio Azcárraga.

Pero el poema que da título al libro, Mar de la tranquilidad, está escrito en otro tono, desde la serenidad. También implica otra característica de la poesía de Jaime Augusto Shelley: el no dar todo de golpe, sino que precisa relecturas.

Rodeado de amigos
(que luego no),
Llegado al punto por amor
mas ensombrecido por alas
de codicia y miedo.

[…]

-¿Dónde estoy?- pregunté.
-¿Quién, cómo soy?-

Es el estrépito de las horas
que no encuentran respuesta,
curiosamente allí,
a la vera del pan y la leche
que ponen frente a mí.

[…]

En este amanecer que huele,
en el silencio,
al de esos días
de joven enamorado de la vida.

Ciertamente, hay una mirada retrospectiva que se fija en la evocación del pasado, en cierta manera, para encontrar o más bien, reencontrarse con lo que antes se había sido. Van por este camino los poemas Joie de vivre, Secundum sententium, Las niñas de Amatenango, Los días y Luz de agosto, todos ellos, entre otros más, que tienen su beta en las experiencias poéticas de un poeta, no nostálgico ni decadente, sino uno que se encuentra quizá en lo más alto de su expresión, en el ejercicio pleno de una voz original.

Hay muy pocos estudiosos de la obra de Shelley. En la UNAM, a duras penas se encuentran tres tesis –una de maestría y dos de licenciatura en letras–, casualmente dos son de Lorena Larenas Villaseñor, las más interesantes, por cierto, aunque escritas antes de la aparición de Mar de la tranquilidad. No obstante, sin duda se puede extender su última clasificación llamada de consolidación a este poemario.

Sus características son las que he mencionado anteriormente: la austeridad, el recurso de la infancia, un tanto más confesional, con las que trata esos temas constantes: lo social, la poesía, aunque, quizá, ahora privan los de una reflexión ante todo lo vivido.

Cabe preguntarse si otras generaciones, si es que pueden leerlo dado la escasa bibliografía, podrán comprenderlo, al menos desarrollar un gusto, aunque sea en ciernes. Todo esto como para ir preguntándose si será posible una exigencia, una petición en change.org para que reediten sus obras.

Ya lo sé. Primero está la transformación del país, el rescate de miles de microbios que mueren cada que un se lava las manos. Pero, entretanto, les comparto que he leído algunos de sus poemas ante jóvenes. No me crean, si quieren, pero les ha ido llamando poco a poco la atención. Espero rendir más informes al respecto, en lo que se editan las obras completas de Shelley.

Ignacio Garibaldy

Ignacio Garibaldy

Dramaturgo egresado del diplomado en creación literaria de la Escuela de Escritores de la Laguna y maestro de dramaturgia en la misma institución. Becario del FECAC en la categoría de jóvenes creadores (2006-2007). Autor de Tres tristes vírgenes (U.A. de C. Siglo XXI. Escritores Coahuilenses. Cuarta Serie. 2011).

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