Ignacio Garibaldy

COLUMNA

Por Ignacio Garibaldy

¿Serán los últimos días?

Yo no me acordaba de Sergio Pitol hasta que leí la noticia de que está retirado de la vida pública debido a su grave estado de salud. A la sazón, pasa por la cuarta y última etapa de una afasia primaria progresiva no fluente, enfermedad que, supongo, debe ser lo bastante seria como para que se haya alarmado el mundo entero.

Yo no me podía quedar atrás. Me puse un Jesús en la boca y, al mismo instante en que terminé de leer las malas nuevas, me sequé las lágrimas de los ojos y busqué sus obras en mi librero. Imaginen mi sorpresa cuando, ¡oh, ingrata fortuna!, encontré que sólo tenía dos, Cementerio de Tordos –una selección de cuentos-, y El desfile del amor –una novela que no he leído desde que la compré quién sabe cuándo.

Pero sí lo he leído, me dije. Estoy casi seguro, me insistí. ¡Ah, cabrón! ¿Sí lo habré leído?, dudé. Luego me reprendí, ¡A huevo que lo leíste, pendejo!

Entonces recordé que, cuando inicié mis estudios literarios, me hicieron leer Victorio Ferri cuenta un cuento, como parte de una clase de cuento precisamente; y que por mi propia iniciativa, como el buen alumno adelantado que fui, leí La aparición de la falsa tortuga, la famosa historia que trata de la hermana de un presidente de la república que se hizo cargo de echar a perder el cine mexicano.
El resto de los cuentos, según una revisión rápida del libro que tengo y que supuestamente leí, tiene algunos renglones subrayados en las primeras páginas solamente. Lo cual quiere decir que no pude entrar de lleno a su lectura. Me derroté, me cuesta trabajo admitirlo.

Las otras novelas que según yo leí en un tiempo indeterminado en mi memoria, fueron Domar a la divina garza y La vida conyugal. Algo me ha de haber pasado con esos libros porque no los tengo. Seguramente los regalé o los vendí. Quien sabe…

Sucede que los libreros bibliofílicos tienen esa enfermedad, no tan grave como la que padece Pitol, por la cual se enamoran trágicamente de diversos libros tenidos por valiosos. Puede que sean primeras ediciones, o que estén autografiados por el autor, o porque les cambió la vida, o porque les costó un huevo, y de ahí pal real, cada quien su parafilia.

Yo olvidé los libros que leí de Pitol, y muy seguramente fue por aburrimiento. Sin embargo, tengo un par pendientes de abordar, como El tañido de una flauta, que acabo de encontrar en una segunda visita a mi biblioteca, y El desfile del amor, como ya lo he dicho. Esto porque tengo muchos otros libros pendientes, no por hacerle un homenaje, como lo harán miles y miles de escritores el día en que se celebren las póstumas jornadas pitolinas.

El asunto es que Pitol está grave y alrededor de él se han venido una serie de problemas igual de graves. El DIF de Veracruz es su tutor interino por una orden del Juzgado Octavo de la Primera Instancia Especializado en Materia de Familia.

Las notas no dicen debido a qué se estableció ese fallo ni la causa del mismo. Pero lo curioso es que, a pesar de ello, está bajo el cuidado de sus primos, en la casa que habita desde hace varios años en el centro histórico de Veracruz.

Otras notas dicen que los primos no dejan que nadie lo visite, que desde que se hicieron cargo nuevamente de su persona aun sin ser los tutores oficiales, despidieron a su personal de confianza, un chofer y una asistente por más de veinte años, a quienes acusaron, junto con la anterior tutora de parte del DIF, de despojo, de malos manejos monetarios, de negligencia y de manipulación. Se preguntan los familiares ¿en dónde está la medalla del premio Cervantes?, ¿la medalla del Juan Rulfo?, ¿dónde está la colección de plumas fuentes?

Los acusaron también de abandonarlo a su suerte la noche del 16 de septiembre del 2016, por miedo a que se les muriera. Se infiere que Pitol ha de haber tenido un ataque de algo, y los mencionados salieron corriendo en chinga, no sea que los culparan de su muerte.

El chisme se extiende hasta una anécdota que cuenta Alberto Ruy Sánchez quien fue a visitarlo a su casa pero no fue recibido por nadie. Estuvo largo rato tocando a la puerta sin que le abrieran, y hasta los vecinos le dijeron que nadie vivía allí.

No se entiende nada porque, otras notas avisan que se organizó una tertulia, de las muchas que se hacían cuando estaba lúcido, en las que se escuchó ópera, se hizo un cine club, y hasta serenata le dieron a Pitol, organizada por los sobrinos primos en segundo grado, quienes, por cierto, no quieren revelar ninguna fotografía de su tío en su estado actual, lo que es entendible.

Pero cómo revés dramático, a los sobrinos se les acusa de secuestro, de plagio, de ser los hijos pródigos al querer heredar en vida los bienes de Sergio Pitol, lo que es entendible también. Una casa, regalías sobre los libros, derechos de una serie de televisión probablemente. Al rato, quizá, les tendrán que pedir autorización para ponerle el nombre de su tío a un premio literario.

A lo mejor, hasta se encabronarían con el ganador de ese imaginario premio literario, porque éste imaginario ganador hablaría pestes de la obra pitoleana.

Hay que reflexionar. Tomémonos un momento para analizar la cuestión. Lo de la suerte de sus últimos días de Pitol, que de seguro han de ser pocos, nos puede importar la cantidad de ochocientos gramos de verga. No es nuestro pariente, no lo conocemos, jamás lo hemos tratado, nunca vino a La Laguna, que se sepa, y nunca formó un taller literario, ni fans adoradores.

Dejemos el llanto y la desesperación para sus futuros deudos, amigos cercanos y neuróticos escritores que se colgarán de su fama al saberlo muerto, y que escribirán a lo pendejo sobre sus experiencias más bonitas sobre la lectura de sus obras.

Que se hagan garras los familiares contra el mundo luchando por los bienes del próximo muertito, y ni quieran organizar a la comunidad para las protestas, ni para que la casa la hagan patrimonio del estado, a ustedes ¿qué les importa?, ni son Veracruzanos, Pitol ni los hacía en el mundo.

Relajémonos pues, así, tranquilamente. Mana. Prana. Om. Nam mio harem de kio. Si quieren, adelantemos el que brille para él la luz eterna, que descanse en paz, así sea.

Hay que volver, lo propongo, a traer a la mesa la discusión sobre el trágico destino del escritor. Está cabrón. Un hombre cosmopolita, viajero, escritor de los reconocidos, ahora está siendo tratado como un bulto al que nadie quiere cargar.

Yo tengo un cambio de perspectiva. Ha de ser porque estoy pensando en la muerte. No diré una sola palabra sobre eso que pasa cuando un escritor se lo carga el payaso. Hartos estamos todos de lamentarnos gratuitamente y también de contradecir a esos idiotas que lo hacen.

No es lo mismo hablar de un escritor que se murió hace tiempo, que uno al que están tratando como mercancía caduca.

Yo creo que me bajó porque ando sentimental. Me descubro pensando en que Pitol, sin ser el favorito. Me ofreció un reto cuando llegué a su obra y me retiré de ella hace tanto tiempo. Sea como sea, por aburrimiento, porque de plano en ese entonces no encontré nada que me llamara la atención, es un reto pendiente. Y mal que bien, sí se siente algo, un poquito culero que ya mero se nos va, con el riesgo de que su obra en un segundo plano, en lo soso. Que mal por él.

Ignacio Garibaldy

Ignacio Garibaldy

Dramaturgo egresado del diplomado en creación literaria de la Escuela de Escritores de la Laguna y maestro de dramaturgia en la misma institución. Becario del FECAC en la categoría de jóvenes creadores (2006-2007). Autor de Tres tristes vírgenes (U.A. de C. Siglo XXI. Escritores Coahuilenses. Cuarta Serie. 2011).

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