Cuento

El transeúnte

Día ochenta y tres.

Se secó todo. Yo decidí irme. Llevo agua y un poco de comida. Llevo a cuestas un sin fin de pensamientos, un sin fin de locura. Llevo un sin fin de pasos atrás. Llevo todo el cielo en mi espalda. Ya no soy el mismo. Mi cara se ha arrugado por el sol, se ha endurecido, de cierta manera fosilizado, es otra. Como una máscara antigua que me salió de lo más profundo. Me he perdido en mis cavilaciones. Ya no sé. Nadie sabe dónde estoy (y de dónde vengo tampoco nadie lo supo). No hay nada, únicamente el sol viendo todo, mostrándome que no hay objetos más allá. No importa cuán rápido vaya. Todo es tan claro. Ningún animal, ¡ni si quiera una tormenta! Seguir leyendo