Ignacio Garibaldy

COLUMNA

Por Ignacio Garibaldy

Usos para Nicolás Guillén

Esta absurda existencia, este sufrir si remedio, esta chingadera que es la vida… ¡Oh, desgracia de desgracias! Hoy, amigos, estoy sufriendo la dolencia de una úlcera cultural. La sufro en mi propia piel pero por otros –en seguida les digo quiénes– su temblor existencial.

¡Ay, amigos!, hay cientos de miles de personas que, habiendo nacido en un lugar de este planeta, saben –por medio de una gran introspección muy reflexiva–, que no pertenecen al lugar en el que vieron la luz por vez primera.

Se dieron cuenta de ello cuando escucharon “aquella vez” un son cubano. Entonces dijeron “¡de aquí soy!”, “¡Este pinche rancho no me merece!”, “¿por qué yo no soy negro?”, “¡Llévenme a un asilo para sacar a un chingo de ancianos y ponerlos a tocar!”, “¡Armemos un Garibaldy Social Club, goey!”.

Pensarán ustedes que estoy exagerando… Sí, pero es para probar un punto. Pensarán, entonces, que estoy mamando… Ciertamente. Pero, les pregunto –y les suplico ser fieles a la verdad–, ¿soy yo el que está mamando?

Mis meditaciones cartesianas me han hecho ver que he nacido en esta alcantarilla que se llama La Laguna. Si bien espero algún día visitar la Magna Grecia –si es que para entonces todavía no la han vendido–, y sé griego, y leo a los clásicos en su idioma original, no me ando sintiendo Dionisio, Edipo, Electro, y no soy Garibaldofocles, ni pretendo serlo.

La otra vez que tramité mi CURP me di cuenta de que soy mexicano. Soy un prieto quemado por el sol. Pero esa prietéz, que se confunde con chamagosidad, no basta para ser negro antillano ni para justificar un playlist de música cubana y gritar “¡Azúcar!”, “Que lo nuestro es agua del río mezclada con cal´”… o sal… no me acuerdo.

Pero esas actitudes, que obviamente pertenecen a una parte de la sociedad aficionada a la música cubana, también se extienden por osmosis a ciertos intelectuales, poetas, dramaturgos, literatos del mundo universales no locales sino de cualquier sociedad que tenga, en apariencia, más cultura que la de donde nacieron.

Ahí andan, muy franceses –¡Oh, lalá!-, muy gringos –Oh, my God-, muy prehispánicos –chirimi maka tú… o kórima una beca.

Para ponerse cubano, siendo intelectual, es preciso usar al poeta Nicolás Guillén. A él y no a otros, porque sólo se conocen dos, y uno de ellos es José Martí, demasiado modernista, excesivamente europeizado. Asco. ¡Ugh! ¡Qué oso peluchón! Hay que meterle cizaña a esas rosas blancas –en junio y en enero– porque, pues ultimadamente no somos amigos, ni nos hablamos, ni somos cuates, ¡cuates los huevos y no se hablan!

Está más chido, en contraposición antitética, cantar “de qué callada manera…” en voz de Pablo Milargués… Quise decir, Pablo Milanés… así como “la tarde pidiendo amor…”. Por cierto, ¿recuerdan cuando estuvo de moda hacer canciones sobre poemas que eran composiciones compartidas?

Juan Manuel Serrat interpretó a Machado, poniéndole música a unos versos sueltos, nunca persiguiendo la gloria, y pregonando que “caminante no hay camino, se hacer camino al andar”, revestido con trompetas, guitarras, trombones, tambores triunfales. Si a esta maravillosa orquestación de instrumentos en ritmo setentero le quitáramos la letra, quedaría una buena pieza de clip porno precisamente setentero. Imagínenlo.

Aquí interesan Amaury Pérez y Pablo Milanés. El primero se aventó una composición en conjunto con Guillén de un Soneto, que dice más o menos así…

Cerca de ti, ¿por qué tan lejos verte?
¿Por qué noche decir, si es mediodía?
Si arde mi piel, ¿por qué la tuya es fría?
si digo vida yo, ¿por qué tú muerte?

Ay, ¿por qué este tenerte sin tenerte?
Este llanto ¿por qué, no la alegría?
¿Por qué de mi camino te desvía
quién me vence tal vez sin ser más fuerte?

Silencio. Nadie a mi dolor responde.
Tus labios callan y tu voz se esconde.
¿A quien decir lo que mi pecho siente?

A ti, François Villón, poeta triste,
lejana sombra que también supiste
lo que es morir de sed junto a la fuente.

A la letra del Soneto le faltan un pianito, una guitarrita, y la voz del protestante Amaury Pérez, trovador libre pensante, quien tuvo el atrevimiento de también cantar a José Martí, en una cosa que se llamó Poemas De José Martí Cantados Por Amaury Pérez, disco que vale la pena escuchar, después de todo, porque dan ganas de vivir estilo modernismo. Lo juro.

Por su parte, Pablo Milanés también cantó a José Martí, pero eso no nos importa pero sí el hecho de que se interpretó a Guillén a punta de guitarra, porque es trovador. Un disco de 1975, hermoso, por cierto, porque es Nicolás Guillén, y peor aún, es cubano. Los dos lo son.

Pablo Milanés Canta A Nicolás Guillén, se llama el disco –¡cuánta imaginación!–, dura menos de media hora, porque ¿cuántos puentes y pre-puentes musicales, cuántos coros, precoros y postcoros le puedes poner a chaleco a poemas tan breves? Por ejemplo, Tú No Sabes Inglés dura apenas 1:45:

Con tanto inglé que tú sabía,
Bito Manué,
con tanto inglé, no sabe ahora
desí ye.

La mericana te buca,
y tú le tiene que huí:
tu inglé era de etrái guan,
de etrái guan y guan tu tri.

Bito Manué, tú no sabe inglé,
tú no sabe inglé,
tú no sabe inglé.

No te namore ma nunca.
Bito Manué,
si no sabe inglé,
si no sabe inglé.

Un hermoso poema, que suena alegre, que parodia la invasión norteamericana en Cuba, las relaciones entre los locales con los turistas, y con cierta denuncia social. En la voz de Milanés suena a tragedia porque ralentiza el ritmo hasta hacerlo parecer un canto fúnebre. Total que si no bailas lloras de tan triste que se oye. Pero lo justificas porque se te da la gana y porque, principalmente, crees que es un canto de protesta: el negro llora, mientras que el blanco goza, y el dolor es grande, y la esperanza mucha, y así.

Tú no sabe inglé, el poema, proviene del libro Motivos de son, de 1930, es el primero en el que Guillén abandona el modernismo –con sus sonetos de versos medidos y rima perfecta, ABBA, ABBA, CDC, CDC– para abordar el habla de la gente y hacerla poesía, en una lírica que corresponde al son cubano.

El neófito y el poeta amanerado se fija solamente en la “experimentación del lenguaje”, que en este caso se manifiesta con faltas de ortografía propias del habla negroide tradicional. Pero su ritmo es bello, es de son, es la Cuba roja, es el primer Fidel antimperialista.

Pasa como con Vallejo, el César, cuando analizan su poesía completa basándose enteramente en Trilce, su poemario surrealista. A partir de éste libro, Vallejo será todo Trilce. A partir del son cubano, Guillén será puro son.
Si superamos esta pereza disfrazada de especialización, y nos fijáramos en Guillén desde una experiencia de lectura, podremos encontrar una beta más rica.

No hace falta un gran estudio, ni una edición de Grédos ni de Cátedra. Basta una antología general, basta meterse a internet, goglear Nicolás Guillén y buscar una cronología poética.

Así nos daremos cuenta de varias cosas. En efecto, Guillén supo como nadie, unir las dos culturas: la blanca y la negra, porque eso es Cuba, eso es Guillén mismo. Ambas culturas sufren en paridad. Hay que leer Balada de los dos abuelos.

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.
[…]
África de selvas húmedas
y de gordos gongos sordos…
—¡Me muero!
(Dice mi abuelo negro).
Aguaprieta de caimanes,
verdes mañanas de cocos…
—¡Me canso!
(Dice mi abuelo blanco).
Oh velas de amargo viento,
galeón ardiendo en oro…
—¡Me muero!
(Dice mi abuelo negro.)
¡Oh costas de cuello virgen
engañadas de abalorios…!
—¡Me canso!
(Dice mi abuelo blanco.)
¡Oh puro sol repujado,
preso en el aro del trópico;
oh luna redonda y limpia
sobre el sueño de los monos!
[…]
—¡Federico!
¡Facundo! Los dos se abrazan.
Los dos suspiran. Los dos
las fuertes cabezas alzan:
los dos del mismo tamaño,
bajo las estrellas altas;
los dos del mismo tamaño,
ansia negra y ansia blanca,
los dos del mismo tamaño,
gritan, sueñan, lloran, cantan.
Sueñan, lloran. Cantan.
Lloran, cantan.
¡Cantan!

El poema –que por cierto lo leí hace más de veinticinco años, en mi adolescencia y desde entonces se me ha quedado grabado en mi corazón lagunero– es sacado del libro West Indies LTD., publicado en 1934. En él se incluye el poema que da el nombre al libro. Un poema de clara denuncia contra la conquista y explotación histórica, en ocho cantos y una lápida. Sospechosamente libre de “experimentos verbales” pero intensamente conmovedor.

Se pueden resumir las características de la poesía de Guillén en lo que todos concordamos alguna vez: ritmo, lo negro elevado a una categoría poética, denuncia, llanto, dolor, métrica del verso libre mezclada con la clásica. Guillén va y viene por estos caminos clásicos y modernos como si paseara por las playas cubanas a la hora del crepúsculo.

Lo que queda por comprobar, si es que alguna vez encontramos lectores que se libren de esas tonterías por las que se entra –me refiero a la musicalización cursi de los poemas–, es si Guillén nos resulta algo más propio, más cercano. En otras palabras, saber si podemos hacerlo nuestro.

Eso es un problema porque, tenemos que aceptarlo, esa es su negrura, su dolor de negro, su contradicción de mestizo. Para muchos ha quedado como un poeta folclórico, bailable en fiestas culturales pero muy coloquial como para observarlo con lentes de explorador de las Indias, descubridor de culturas antiguas. Yo Garibaldy, tú Guillén, ¿dónde estar tus tesoros?

Se me ocurre, por principio, abordarlo desde otro uso, desde otra manipulación, que no es la denuncia, sino el simple maridaje de culturas que componen su esencia. Acá entre nos, estamos ante la misma paradoja, ¿cómo negar lo que somos sin perder la historia? Norte invadido por el capitalismo voraz, la pérdida del sentido histórico y la configuración de una nueva identidad.

La Laguna ya no es la misma por la que adquirió reconocimiento a nivel nacional: ser un punto estratégico para los protagonistas de la Revolución Mexicana. Tampoco es aquél lejano conjunto de ciudades pujantes –económicamente hablando– en calma provinciana que retrató en muchos de sus poemas Adela Ayala.
Este proyecto de estado es todavía La Laguna de sangre que llamó la atención a nivel internacional por la violencia generada por la guerra contra el narcotráfico.

Explorar la historia de esta etapa, a nivel emocional que no insalubre… Lo digo porque hace tiempo se puso de moda narrar confesionalmente las aventuras de mariguanos, cocainómanos, prostitutos, y asesinos, desde una concepción que se parecía más a la crónica periodística –imitando a Hunter Thompson–, más que a un buen trabajo literario.

¿Cómo entra en juego la poesía de Guillén? Aquí la respuesta: si superamos su atractivo folclórico, se observa su técnica, su visión, su sensibilidad, para confrontarla con la nuestra.

Es un procedimiento básico, nada complicado, que no recurre al retrato costumbrista, ni al odioso performance, sino que se convierte en un Leit motiv. Para esto sirve la poesía social o política. La bien hecha, no la chaira panfletaria.

Si nos centramos en la visión política o social de Guillén –así como la de Nazim Hikmet, Pedro Mir, Jaime Augusto Shelley, entre otros–, si la hacemos nuestra, la asumimos como un hecho poético, la podremos trasladar como un método para poetizar sobre lo que hemos vivido, sobre lo que somos, a fin de cuentas, humanos.

Ignacio Garibaldy

Ignacio Garibaldy

Dramaturgo egresado del diplomado en creación literaria de la Escuela de Escritores de la Laguna y maestro de dramaturgia en la misma institución. Becario del FECAC en la categoría de jóvenes creadores (2006-2007). Autor de Tres tristes vírgenes (U.A. de C. Siglo XXI. Escritores Coahuilenses. Cuarta Serie. 2011).

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