Columna

¡Motívame ésta!

Amigos lectores, tengo traumas. Hay hechos vividos en antaño a los que vuelvo cada cierto tiempo para encabronarme con la misma intensidad. Tengo traumas y soy masoquista.

En el pinche año de 1995, uno de mis profesores de preparatoria –que logré terminar- pretendía amansar a mi grupo -con justa razón- por medio de un video motivacional.

Me acuerdo que quitaron del escritorio el proyector de acetatos, pusieron en su lugar una televisión, le conectaron la videocasetera, y en ella introdujeron un casete en formato VHS. El contenido era una conferencia de un tal Miguel Ángel Cornejo.

El mencionado Miguel Ángel Cornejo era –porque ya se nos adelantó en el 2015- un conferencista, un motivador personal. Hagan de cuenta… el antecedente del doctor César Lozano, ése motivador personal que abarrota el Teatro Nazas y que es la imagen publicitaria del aceite Nutrioli. Seguir leyendo

Poesía

Polvo de luna

Fui tirando la vida, como las hojas en otoño, cuando caen por nostalgia. Con pocos años por delante, volví. Al encuentro me recibe la avenida de los grandes y viejos álamos. Sonríen al reconocerme, meneando sus colores y pienso: cuánta vida ha pasado por aquí, corriendo por esta líquida acequia, haciendo valer su propia ley desde las raíces. Hoy, regreso con el cuerpo rudo y un poco más seco, ya no reverdezco, ni doy sombra. El viento sabe cómo quebrar las ramas. Aunque aún me brotan imágenes centinelas, que irremediablemente me remiten a esa entrañable avenida de los álamos tristes. Justo a la entrada de mi ciudad, un poblado donde se respira, se duerme y a veces, se muere bien.

Al costado izquierdo del camino sombreado, hay un tanquecillo donde se refrescan los pies los visitantes, bancas y mesas resquebrajadas y algunos columpios y resbaladeros despintados. Muchas familias pernoctan ahí en vacaciones a sabiendas de que no hay cupo en las posadas del pueblo. Lo invaden regularmente, seres ansiosos por llevarse un trozo de felicidad, un racimo que lo contenga todo. Arriban a esta ciudad y la devoran, la orinan, la vomitan y la ensucian sin pudor. A pesar del sabotaje, sus hojas bicolores cubrirán al día siguiente, la noble estampa. Iniciando la sanación con el roció serenado de la noche, igual que lo haría un buen sotol reposado, al curar las penas de los que no llevan luz. Seguir leyendo

Columna

DESIERTO, BELLEZA, PROYECTOS

El 17 de enero del recién nacido año 2017, tuvo lugar la inauguración de la exposición colectiva “Del desierto surge la belleza”, en la Universidad La Salle Laguna de esta bendita ciudad de Gómez Palacio, Dgo.

Fueron nada más y nada menos que veintidós artistas plásticos los que expusieron sus obras en un lugar llamado Parque de Innovación, el cual se encuentra dentro del mismo complejo universitario.

Bueno, pues yo tengo varias impresiones al respecto.

La primera es una pregunta: ¿para qué sirven las inauguraciones? Revisemos el asunto en particular. Se invitó al público en general, a personajes distinguidos, a los mismos artistas –con porra incluida.

Luego alguien presentó a los presentables; se hizo la exposición de motivos; se aplaudió discretamente –porque no estábamos en un teibol-; se rindió honor a quien honor merece; se cortó el listón; y por fin se pasó a ver las obras. Como bonus, así como no queriendo la cosa, se degustó queso y vino.

Por cierto, hubo que ponerle falta a los integrantes del Colectivo Itacate. Para quienes no los ubican, les indico que los Itacatianos son aquellos hombres de cordura cuestionable cuya presencia luce tanto como las obras que se exponen. Es que consumen vino y queso cual infante de hospicio. Y no sólo eso, también cargan con bolsas de Soriana las cuales llenan a placer con cualquier comestible.

Yo que noté su ausencia sufrí como una madre… ¿Qué habrían cenado esa noche?, ¿qué desayunarían al día siguiente? No he podido dormir desde entonces. Seguir leyendo

Reseñas

Un Millennial Bien Helado

José Joaquín Blanco escribe crónicas de la Ciudad de México. Crónicas que podrían ser ensayos creativos, investigaciones antropológicas que no temen ensuciarse del hollín de la ciudad, con gestos en ocasiones poéticos sobre la cultura, que tienen un estilo divertido y desencajado, pero que no dejan de ser profundas, precisamente porque en ellas se inscriben varias disciplinas y géneros literarios.

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Columna

PRINCIPIOS DE LAGUNERIDAD

Me acabo de inventar un nuevo concepto -que en realidad no es tan nuevo- “laguneridad”, el cual defino como la cualidad de ser lagunero. Una cualidad ontológica y cultural que diferencia al nacido y criado en la Comarca Lagunera del resto de los habitantes del universo.

Al momento sólo puedo enumerar algunos rasgos. Primero, la ubicación geográfica. La “laguneridad” es propia de los que hemos nacido en Torreón, Gómez Palacio, Lerdo –o bien, tenemos cinco años como mínimo de residencia en estas ciudades- que tradicionalmente componen la llamada Comarca Lagunera.

Segundo, la increíble resistencia al sol. Tercero, el completo desconocimiento del clima templado. Cuarto, hablar como si estuviéramos enojados. Quinto, una capacidad extraordinaria para la chinga, ya que, lo que en otras ciudades se da con cierta facilidad, aquí se invierte el doble de esfuerzo, como en la agricultura.

Sexto, la alienación estatal. Es decir que el lagunero es sujeto y objeto de una rivalidad bilateral con las capitales de sus respectivos estados, Durango y Coahuila. Lo que ocasiona que el sentido de pertenencia y el orgullo de decir “soy de Durango” o “soy de Coahuila”, no se venga manejando tanto en La Laguna.

Todavía no estoy al nivel de El perfil del hombre y la cultura en México de Samuel Ramos, ni al de su copia descafeinada, El laberinto de la soledad de Octavio Paz, pero ahí la llevo.

Tampoco están al nivel los que quieren definir al lagunero a partir de los coloquialismos. Decimos “asquel” en lugar de “hormiga pequeña”; sí, sí, decimos “moyote” en lugar de “mosquito”; ¡uy, qué padre decir “cascupia” en lugar de cerveza! (Un taxista de Morelia tenía la incipiente convicción de que así llamamos a la cheve. Lo saqué del error, pero no me desagrada tanto la idea. De hecho, le daré un trago a mi cascupia, ¡salud!).

Por cierto, me acabo de acordar de otro rasgo que incluiré en la lista anterior, como número séptimo: “ser muy gente, y a todo dar”. Les explico por qué. Allá en Cuencamé –AKA Cuencancún, la tierra que el Señor de Mapimí eligió para quedarse-, está el municipio de mis amores, San Pedro de Ocuila, donde hunde sus raíces mi árbol genealógico. Resulta que en las fiestas familiares se contrataba al grupo norteño Los Católicos –que ahora se llama El Retén-, que nos cantaban El Pájaro Prieto, y en sus versos finales hacían un arreglo que les quedaba así: “que la gente de la Laguna, es muy gente, y a todo dar”. ¡Cuánta emoción generaba esa arenga, cantada dos veces según la melodía! Sobra decir que mandábamos traer más cheve. Y más sotol. Seguir leyendo