Cuento

El transeúnte

Día ochenta y tres.

Se secó todo. Yo decidí irme. Llevo agua y un poco de comida. Llevo a cuestas un sin fin de pensamientos, un sin fin de locura. Llevo un sin fin de pasos atrás. Llevo todo el cielo en mi espalda. Ya no soy el mismo. Mi cara se ha arrugado por el sol, se ha endurecido, de cierta manera fosilizado, es otra. Como una máscara antigua que me salió de lo más profundo. Me he perdido en mis cavilaciones. Ya no sé. Nadie sabe dónde estoy (y de dónde vengo tampoco nadie lo supo). No hay nada, únicamente el sol viendo todo, mostrándome que no hay objetos más allá. No importa cuán rápido vaya. Todo es tan claro. Ningún animal, ¡ni si quiera una tormenta! Seguir leyendo

Cuento

Polvo de ángel

Ya tenía mucho sin saber de Alan, ignoraba dónde estaba metido. Esta noche tal vez podría encontrarlo.

Como siempre, regresó a las 5 de la mañana. Bajó de su taxi para deslizarse por la calle desierta hasta entrar a su casa. Iba jadeante, sin saber si era por miedo o por alegría. Le sudaban las manos con la camisa húmeda a pesar de la noche fresca. Temblaba tal vez porque el sudor hacía que el frío se sintiera más en su cuerpo delgado o porque se moría de los nervios. Anteriormente, había metido la llave en la cerradura con la esperanza de que por primera vez, en varios meses, no estuviera corrido el pasador; sin embargo, otra vez, como siempre, tuvo que dar tres vueltas a la llave para abrir la puerta. Seguir leyendo

Cuento

Tronco

“las personas parecen vivir pero también parecen muertas”

La esquina posee un poste.

Nadie recuerda desde cuando está ahí. A veces sirve de informante, forrado de papeles, un collage natural. Otras veces es militante político con toda esa propaganda pegada a su piel, o un buscador de animales, personas, cosas así. Seguir leyendo

Cuento

Paredones

corazo¦ün

Caminamos sobre el río. Desde el amanecer lo hacemos. Los hombres del pueblo nos forzaron. Andamos sobre esta tierra que despacio resplandece con la luz del sol. El cielo aún es oscuro; el alba, un tibio balbuceo grisáceo en el horizonte.

Llevamos ya algún tiempo y la arena ha cubierto nuestros ojos y cabellos, nuestros pies descalzos que en el cauce no generan ningún ruido. A veces nos detenemos para reagruparnos, y después nos ponemos de nuevo en marcha perfiladas a contraluz.

Para nosotras sólo está la otra orilla, con sus mezquites que se balancean en los vestigios de la noche. Ahí tendremos que esperar. Es lo convenido, una tradición de Paredones.

A pesar de las angustias, a pesar de la aridez, tomamos el camino. A nuestras espaldas son densas las miradas.

Somos las mujeres de las tres noches, somos las mujeres que espantamos a los pájaros, las mujeres que dan sombra, las que echamos raíces en suelo estéril, las de la uva, del algodón, de los dátiles; las mujeres de los pozos de agua inalcanzables, de las lágrimas; las mujeres de las tonaditas nocturnas, de la soledad; las mujeres de piel de mediodía, de las rocas pulverizadas, las mujeres del agua imaginaria. Las mujeres de los que atraviesan el llano, las que sueñan con fuego, las de ojos de gato, las que se convierten en lechuzas, las que saben los corridos, las mujeres de a centavo, las de tres canciones; mujeres abandonadas, mujeres de mil rostros, mujeres pacientes, cómplices, repartidas; mujeres deseadas, mujeres reliquias, mujeres casi vírgenes, mujeres con hambre, cansadas, que duermen en las mesas de los rincones, mujeres borrachas, mujeres celosas, mujeres serviciales, mujeres orgullosas, mujeres expuestas, mujeres exigentes, mujeres desprendidas, mujeres usurpadoras, mujeres que caminamos sobre el río el día de la muerte de Cristo. Seguir leyendo

Cuento

Comité de huelga

Salí corriendo como un gamo. Ni siquiera la urgencia de mis tripas gruñonas me detuvo, el día anterior solo había fumado y tomado coca cola. En el camino de regreso desde México a Monterrey en camión, apenas si dormí, fueron 12 horas muy largas con diversos acompañantes por intervalos en el camino. El hombre que se sentó a mi lado casi al final de mi llegada era varonil y guapo, aunque solo lo miré en una ocasión y eso de perfil. Los asientos, por ergonomía de los camiones de pasajeros, son cachondamente incómodos y él ranchero guapo Seguir leyendo

Cuento

El retrato del parque

Estaba hecho a lápiz y, sin embargo, con el tiempo, esas líneas de carbón se habían petrificado sobre la hoja. Pensaron que no iba a durar mucho, que con los años comenzaría a borrarse y que únicamente subsistiría un pedazo de papel amarillento. No había ocurrido así; ahora, era lo único que les quedaba de su pasado. Seguir leyendo

Cuento

Desaparición forzada

Karina estaciona el automóvil junto a la acera. Conoce el lugar, muchas veces ha estado ahí. Escucha la radio: el mismo programa. Las noticias de las siete; otra vez el número de muertos: un enfrentamiento en una importante avenida.

Esta madrugada se registró otro violento tiroteo…

Karina no pone atención. Detiene la marcha y espera. La lluvia comienza a caer sobre el parabrisas. Observa las gotas.

El gobernador del Estado se pronunció ante los hechos…

Se asoma a través del vidrio tratando de mirar hacia el cielo y descubre las nubes grises. Se endereza, ve hacia adelante, hacia la calle. Los coches estacionados, la persona que camina tratando de protegerse del agua. La radio sigue. Seguir leyendo

Cuento

La ciudad nocturna

Al principio nadie lo notó. Al principio los días continuaron igual que siempre. Luego poco a poco fuimos constatando que el alba cada vez era menos luminosa y que las mañanas no eran tan brillantes. La gente dijo que se trataba de las nubes, pero no había ninguna de éstas, o al menos no las suficientes como para que opacaran la luminosidad del día. Luego dijeron que era la contaminación. Pero después comenzamos a advertir que de pronto los días eran demasiado oscuros, demasiado sombríos. El cielo cada vez se hacía más negro, más opaco hasta que la noche nos cubrió con su melancolía. Seguir leyendo

Cuento

Música para hombres

Observas a los cuerpos que se tensan en la pista del bar. Miras a la pareja que sonríe y se mueve al ritmo de la salsa. Muestran sus grandes dientes blancos que contrastan con la piel morena. Los alientos se aceleran bajo los pechos semidesnudos. El que dirige el baile viste como pachuco, toma al otro por la cintura y alza la mano libre para seguir el paso. El compañero de danza es de mayor estatura y es más atlético; viste una playera sin mangas y unos jeans ajustados que le realzan los glúteos. No dejas de verlos. El pachuco es dinámico y domina; tiene un mostacho prominente y lleva el cabello largo, y cuando rota sobre su eje el cabello continúa los movimientos dándole un matiz arrogante. El otro no es delicado; sin embargo, sus ademanes son ágiles, casi felinos. La combinación es cautivadora. Seguir leyendo