Columna

¿Poesía? ¿Para quién?

Hace unos días leía el encabezado de un periódico de circulación nacional que lanzaba la pregunta acerca de para quien se escribía la poesía en el país; argumentaba ya la introducción que en el país hay poetas, premios, pero no hay difusión ni un programa de fomento a la lectura efectivo. Que todos: académicos, editores y escritores concordaban en que la escaza distribución era el principal de los males. En ese punto abandoné la lectura (mi licencia lectora me lo permite y yo aplico ese privilegio cuando vislumbro que lo que estoy leyendo continuará de manera insustancial); según un comentario de un conocido el texto efectivamente arrojaba cifras de dinero (cosa que no se debe hacer cuando se habla de poesía pues se lee barato, sin clase) otorgados a los creadores y de la falta de editoriales y la mala leche de las librerías.

Ese texto por irrelevante que fuera tuvo una muy buena pregunta ¿Para quién, o qué, se escribe poesía? Y creo que eso es lo importante, lo de exhibir al gobierno y a las editoriales no resolverá nada. Lo importante es preguntarse por qué razón o en qué tipo de lector se piensa cuando se escribe poesía, cuando la escriben los poetas mexicanos contemporáneos.

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Columna

Iconografía del Escritor

En el devenir histórico de la comprensión cultural, hay momentos en los cuales una obra adquiere mayor relevancia al conocerse la biografía de su autor. La escritura o la vida de Jorge Semprún, por ejemplo, cuenta lo que el autor vivió en el campo de concentración de Buchenwald. A la luz de este dato se comprende que de la novela, a partir de la vida del autor, surge una poética para hablar sobre la maldad que habita en el corazón del hombre y que lo lleva a cometer las mayores atrocidades, casi indecibles, en contra de sí mismo. La elaboración de esta poética es el gran mérito de la novela que, de diferentes maneras, se venía fraguando a lo largo de la obra de Semprún.

Y es que ninguna obra procede ex nihilo sino que se nutre de experiencias vitales –propias, no prestadas–, que son llevadas al grado de experiencia poética, luego de largos años de estudio, reflexión, ensayos, correcciones y la elaboración de varias versiones hasta llegar al punto máximo de trabajo en el que la obra, junto con la experiencia poética, ya pueden considerarse resueltas.

Hay otros momentos en los que cierta clase de lectores, al conocer el contexto biográfico de la creación de la obra, le agregan un valor sentimental. Cuando se enteran que una novela fue escrita en un periodo de pobreza en el que el autor trabajó de mesero, que estuvo a punto de abandonar su vocación, que dejó la obra abandonada durante años, aunado al hecho de que esa novela fue rechazada varias veces hasta que un visionario editor la publicó, estos lectores intuyen que el escritor ha vencido las más duras inclemencias vitales. Ahora lo admiran con embeleso y lo promocionan entre sus amistades usando la anécdota trivial como único argumento de importancia literaria. Seguir leyendo

Poesía

Poemas de amor

I

No me gustan sus poemas amorosos
y no es que sea, a mi edad, un hombre estéril
no
es sólo que la forma, dios, la forma en que los hacen
me repugna.

Indiscutiblemente el nombre de mujer
con sus cabellos negros y sus nalgas blancas
para que ella lea (si es que lee, o si es que le dan libros para regalar al escritor):
Oh, Claudette… Oh, Dulce… Seguir leyendo 
Columna

Ruedas del desierto

El espacio público es el lugar donde la sociedad puede mezclarse e integrarse en su complejidad. El espacio público es el lugar donde se manifiesta el poder de la misma, donde se asume como fuerza política y cultural. Sin el espacio público la sociedad se disipa, no logra constituirse, permanece en el individuo aislado. El individuo por sí solo queda a expensas de las contradicciones de la vida moderna: la soledad, la violencia, la no-identidad, la fragmentación, la falta de sentido vital. El individuo aislado por lo tanto se hace hostil, temeroso, intransigente: se enajena. Seguir leyendo

Cuento

Posesos

Estamos despiertos más que nunca, desde temprano, caminando entre oficinistas que se dirigen a sus trabajos, entre mujeres bien vestidas que avanzan a sus labores, entre niños que van a las escuelas. Estamos despiertos, vivos, escuchando las voces, entendiendo por primera vez sus significados, mirando rostros que nunca nos habían interesado, que nunca nos habían advertido. Somos como un incendio bajo la luz. Vemos hasta lo más profundo de sus ojos, como si conociéramos sus pensamientos; percibimos el calor de los cuerpos, los contornos de los edificios. Nos atrevemos a increpar a las personas, a llamar las cosas por lo que realmente son. Nos atrevemos a no pensar en el futuro, sólo estamos aquí, más despiertos que nunca. Observamos cada hora del día. Sabemos cada detalle, cada grieta de la ciudad, cada historia olvidada. Seguir leyendo

Cuento

Los desechables

Ahora estaba adentro de ese hueco, adentro de ese pequeño espacio, aislado de las cosas, de la luz; ahora estaba metido ahí, como dentro de sí, pero como afuera de todo; ahora estaba en esa especie de limbo ilógico y falso; de ese limbo diminuto, donde sólo su respiración cabía, y su cuerpo engarruñado, como si él mismo fuera una especie de pústula; ahora estaba ahí metido, respirando su propio olor, su propio sudor, su piel irritada al contacto con el forro sintético; sus pelos y cabellos cada vez más húmedos, su aliento cada vez más reseco. Ahora estaba ahí, metido con su propia mierda, de día y de noche, ya confundida con sus muslos y su sexo, que se percibía inservible entre la oscuridad, abajo, ahí donde después su ser se extendía hasta los pies descalzos, perdidos en la penumbra de esa pequeña cápsula del amontonamiento, donde él había permanecido ¿ya cuánto? ¿Dos días, tres días?, amarrado de las cuatro extremidades, encuerado como un pequeño lechón, al que se le tiene ahí para comerlo y cagarlo, para cagarlo. Seguir leyendo