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¿Serán los últimos días?

Yo no me acordaba de Sergio Pitol hasta que leí la noticia de que está retirado de la vida pública debido a su grave estado de salud. A la sazón, pasa por la cuarta y última etapa de una afasia primaria progresiva no fluente, enfermedad que, supongo, debe ser lo bastante seria como para que se haya alarmado el mundo entero.

Yo no me podía quedar atrás. Me puse un Jesús en la boca y, al mismo instante en que terminé de leer las malas nuevas, me sequé las lágrimas de los ojos y busqué sus obras en mi librero. Imaginen mi sorpresa cuando, ¡oh, ingrata fortuna!, encontré que sólo tenía dos, Cementerio de Tordos –una selección de cuentos-, y El desfile del amor –una novela que no he leído desde que la compré quién sabe cuándo.

Pero sí lo he leído, me dije. Estoy casi seguro, me insistí. ¡Ah, cabrón! ¿Sí lo habré leído?, dudé. Luego me reprendí, ¡A huevo que lo leíste, pendejo! Seguir leyendo

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El onvre de la marcha

Hace unos cuantos días leí un breve articulo en la revista digital Antes de Eva titulado ¿Por Qué No Queremos Onvres En Las Marchas Feministas? donde se exponía por qué algunas feministas no desean la presencia de personas de sexo masculino marchando en su mismo contingente. La autora proporciona sus razones y las valida, además habla del victimismo de algunos individuos que simplemente no entienden la razón y la ideología del feminismo, o mejor dicho de la corriente del feminismo a la que la autora pertenece. Para ser sincero yo me cuento entre esos desinformados que no tienen idea del proyecto y la lucha que están realizando en mi país las mujeres.

Sé que los feminicidios y los crímenes sexuales se incrementan y se vuelven más brutales, lo cual me provoca terror al pensar en todas las mujeres que conozco, sobre todo al darme cuenta que este aumento tiene tintes de ser un fenómeno que va en proceso de institucionalización en nuestra sociedad. Cada vez se emiten más alertas de desapariciones para menores de mi ciudad, en el noticiero de Yuriria Sierra se hablo ya de una casa de seguridad, ubicada en una localidad colindante a la mía, con todas las trazas de ser un cuartel de trata de blancas y del 2000 hasta ahora se ha tenido noticias de dos sujetos y una pandilla/grupo de agresores sexuales en mi ciudad. Siempre sin encontrar al/los culpables, es como si los delincuentes simplemente se evaporaran o se dejara se seguir esta clase de noticias por alguna oscura razón.

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La ruta de las chingaderas.

Ha sido, es y será, una hispter llamarada de petate el convocar a los asoleados laguneros a eventos llamados “rutas de…”

Tan original idea consiste en recorrer a pie –a pincel, a patín, en Dodge patas– diversos lugares señalados como importantes, según el magnífico criterio de la mente maestra que organiza el evento.

Las más comunes son las gastronómicas, también sumamente preferidas por los escritores. Esta clase de seres humanos con frecuencia tiene hambre. Por lo tanto se ve en la penosa necesidad de satisfacerla y hablar de ello como si fuera una experiencia religiosa, sentir que resucito si me tocas.

Pobres hombres –digo hombres porque las mujeres escritoras, en cuanto hembras, saben cocinar–… hombres maltratados que, continúo, carentes de las habilidades necesarias para la cacería, se atienen a otros verdaderos hombres que sí saben matar a pedradas un venado y servirlo a la mesa con todo y cornamenta, y beber su sangre caliente para tener más vida. Seguir leyendo

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Registro de lectura #0

Las maneras de leer mal

Leer no purifica, tampoco cura la estupidez y la estulticia por erradicación espontánea. Eso se debe a que es bueno leer, pero malo leer mal. Hay varias formas de leer mal que vamos a tratar de describir y explicar tal como las he vivido y reflexionado.

Leer malos libros podría ser la primera forma, y la más dañina, de leer. Por supuesto, leer es mejor que no leer, porque lo bueno es tener el hábito. Sin embargo, decir que leer es bueno es un parámetro cero, es como decir que comer es mejor que no comer, cuando el que no come no existe.

Es bueno leer y mejor hacerlo bien. Leer sin fijarse por el contenido del libro es tratar de eliminar la infección mediante la eliminación del paciente. Creyendo combatir la incultura y la ignorancia, creyendo nutrirse, quien dedica tiempo a un mal libro, termina solamente por matar el interés, y de paso alimenta su soberbia intelectual.

Los neófitos – no es insulto – recién salidos apenas del fango de la incultura – incultura que abarca casi todo el espectro de lo que usualmente llamamos “cultura” – creen que han salido ya por el hecho de leer cualquier libro, y eso no es más que una lástima y un engaño.

Leer malos libros constituye un síntoma de que algo anda mal. Muchas veces es difícil, si no se sabe, escoger un buen libro, y uno pasa por muchas malas lecturas, desgracia que aumenta si se queda con ellas y en ellas, antes de hallar algo bueno que leer. Aquí es donde el factor orientador, el amigo, el maestro, cumple su primera tarea.

Pero habrá que sospechar que la persona tiene poco de sí, que en el camino de conocerse a sí mismo anda apenas en sus primeros esbozos. Mi abuelo, que leía mucho, leía cuanto se le pusiera enfrente, en todo lugar y a toda hora, lo puedo juzgar no por el tiempo que no buscaba evadir, sino por el horrible insulto de dedicarle lo mismo a Dostoievsky que a una novela del Reader’s Digest.

Mi abuelo, por supuesto, buscaba en la lectura otra cosa, su aspecto evasivo, que es otra manera de leer mal y que deriva del anterior, factor perjudicial a todas luces, porque la evasión no sólo es evasión del tiempo sino de sí mismo. Cuando uno quiere evadirse, encuentra en la lectura un instrumento tan malo para una persona como el televisor.

Hasta cierto punto resulta comprensible que las personas se evadan a sí mismas, pues cuando uno se adentra a sí mismo – y una manera de adentrarse a sí mismo es leyendo buenos libros – puede encontrar cosas desagradables si lo que se ha hecho en la vida acarrea culpas o arrepentimientos. Esto combinado con la lectura de malos libros no podía sino hacerme pensar que algo pasaba con mi abuelo.

Otra manera de leer mal consiste en leer por leer, por afán coleccionador de lecturas. Esa costumbre usual de los bárbaros que aprendieron a insultar con adjetivos refinados, o aquéllos que por regocijo ilustrado de regodearse en la lista de libros leídos, igualmente no hacen sino ensalzar su soberbia pero encaminados a ser unos desesperados.

Leer acumulativamente, sin otro afán que oriente y supere las primeras lecturas es por lo general un signo de que no hay esperanza intelectual ni vital, puede resultar terrible para un joven, una locura del seso poco quijotesca que no enloquece para hacerse lúcido y combatiente, sino la manera exquisita como la náusea existencialista se patentiza.

Yo mismo fui presa de esa desesperación de las lecturas arrobadas en mis años veinte, donde por querer abarcar más y más, llenarme de listas cumplidas y por cumplir, no hacía otra cosa sino desesperar.

Cuatro o cinco horas después de leer compulsivamente no descubría nada, no presenciaba ninguna belleza, no adquiría ningún saber, por lo que salía a pasear las palabras que habían quedado en mi cabeza por esas calles oscuras y perdidas, queriendo que el mundo guardara una estructura literaria y estética emulada de los libros.

Pero al comprobar el horrible choque contra la realidad, esa expresión nerviosa y palpitante del mundo que no tiene la misma dignidad ni nobleza de aquél otro mundo prefigurado por la ficción, no había otro camino que desesperar.

Ese desesperar de la lectura enloquece, pero enloquece para encerrar, para trastornar o para entristecer en un mundo aislado y solitario, donde uno no encuentra cercanía con nada ni nadie. Perjudicial, tan poco fructífero como inmolarse frente al televisor el día entero.

Aún después de liberarse de las anteriores formas de leer mal, todavía uno puede caer en la siguiente, más inocente pero igual de contaminante, que es leer desconociendo que todo libro se alimenta necesariamente de libros anteriores y lleva siempre a la siguiente lectura.

El lector que no avanza es un desconcierto, convierte el hábito en un impulso espontáneo que no hace efecto. Hay que cuidarse de los hombres de un solo libro, pues no puede limitarse el afán del interés, hay que explorar, variar. Leer a un solo autor o a un solo tema es lo mismo que leer un solo libro.

La lectura es una actividad interminable, tanto en su contenido como en su forma. Siempre liga a otros libros y a otras relaciones, y éstas a otras, haciendo una sucesión infinita de lecturas. Nunca se termina de estudiar una materia ni nunca podemos sospechar que nuestro autor lo ha dicho todo ni de la mejor forma.

Por supuesto que la valía de un libro es intransferible, pero mucho de ello se logra reconociendo los hilos con las lecturas pasadas. Un libro, cuando bueno, nunca es algo cerrado, ni en el aspecto propio de su estructura semántica, es decir, no tiene una sola lectura interpretativa, ni tampoco en el aspecto cultural, pues siempre discute con otros autores y libros.

Un libro, cuando bueno, es pura tradición, porque transmite, como un puente, un lazo entre lo anterior y lo futuro, eso es lo que está detrás del concepto de lo clásico o de canon.

Por último y para terminar de describir estas malas maneras de leer, se puede decir que no compartir lo que se ha leído y aprendido es una mala forma de leer. Quedarse en la lectura privada resulta casi tan malo como leer malos libros, pues olvida que la lectura es algo público, colectivo, acompañado, en el que deben participar varios.

Llegamos a un concepto amplio de la lectura como educación, y a un concepto de educación a su vez universal. Todo educa, no nada más los libros, sin embargo, dejar a los libros en su encierro trastorna la educación. Leer en privado ocasiona que el acto se encierre en el ámbito doméstico o peor aún, en el mero ámbito académico.

Leer en privado también puede llevar a entender la lectura como una actividad para privilegiados, diletantes, conocedores y bien entendidos exclusivistas de la “alta cultura” reservada para los que llevan invitación formal al mundo del buen gusto.

La experiencia de la lectura, sea filosófica O literaria, pierde sentido si no establece lazos de unión con el autor primeramente, pero sobre todo si no tiene implicaciones hacia el otro posible o actual lector, y con la forma en la que uno se encara a los demás y a su experiencia, pues el aspecto más intelectual de la lectura es acercarnos más profundamente al mundo y a los hombres.

La conexión con el autor de la obra es tan importante como la conexión con otros lectores. A veces complicada de realizar, pero resulta una gran desconsideración del lector cuando ésta no se comparte: habiendo tantas lecturas como lectores, es un error hacia la obra considerar la propia lectura como la única.

Leer es platicar con los muertos, pero también compartir con los vivos y los futuros. Quedarse en el primer momento donde se esculcan reliquias es fortalecer la visión de alta cultura, de élite, en la que la cultura se vuelve un tema exclusivo y excluyente, en que se apropia individualmente de la aportación – si tiene – del libro en la cultura.

Leer sin perseguir la tradición, y leer en privado, son parte de los malestares de la cultura. Forman una idea de la lectura que se permite ser una actividad excelsa y de gusto particular, que no se comparte o reparte, egoísmo que desconsidera a los lectores, zanjando o mermando el bien común en sí mismo comunicable y transmisible.

Ese pasar al segundo momento de la lectura, donde nos acercamos mejor a los vivos, por lo general se pierde de vista, y cuando se logra nos trae de vuelta al mundo y a la relación impostergable e insustituible con el otro, para el cual entonces tiene sentido el ejercicio vital de la conversación y la escritura.

Y entonces sí, leyendo mal y siendo esto causa de otros males, podríamos decir que hay mil cosas mejores que hacer que leer. Evitando leer mal entonces será bueno leer, y leer mucho, porque leer es vivir de otras maneras.

Para combatir estos errores, pretendo dejar un registro de lectura. Un registro de lectura es una forma de llegar al libro, denunciar el mal libro o lo malo en él, y tratar de dar una guía, compartir la buena lectura. No es un registro para enlistar sino para recordar que podemos hacer la función de guía, del amigo que orienta.

Una reseña en su oficialía pretende ser impersonal y objetiva, tener sus reglas, pero eso no trasmite nada, no fomenta la curiosidad ni reclama la subjetividad implícita del ejercicio de leer. No dice nada de quien lee.
Para evitar el ejercicio vano y excluyente, sobre todo la pérdida de la sabiduría que arrastran los errores que mencionamos, dejamos entonces, este registro.

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El simple ordenamiento de las frases

Saludo al caudaloso
que me pide hable de él.

Angelus (frente a Blackwell Island, N. Y.)
Jaime Augusto Shelley

Cada quien tiene el maestro que se merece. Nosotros, los que integramos esta revista –por si no lo habían notado, por si sólo se han reído a carcajadas, o por si sólo se han dejado conmover con lo que hasta ahora hemos escrito-, tuvimos a Jaime Augusto Shelley.

Este dato, que no siempre incluimos en nuestras biografías literarias, ya debería habernos ganado un lugar entre la jerarquía de los santos, mártires y serafines.

No lo digo porque nuestra sangre de repente se haya pintado de azul, sino porque más bien somos sobrevivientes. Seguir leyendo

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Cometas de la calle

Se llaman Clau y Fonsi (o Fonzi, no lo sé), integran la Compañía Cometas, y son licenciados en artes escénicas y circenses. Además, pintan caritas, hacen clown, show para adultos –eso no lo sé, pero a lo mejor sí, quién sabe-. Y, por si fuera poco, se avientan la super chinga de organizar el evento mensual llamado –con mucho acierto- Let´s Gómez.

El 17 de junio cumplieron un año de ocupar la calle con conciertos, venta de artesanías, comida, agua, refrescos; y de organizar exposiciones de artistas visuales, de cantantes, show de payasos, bailes folclóricos, incluso pasarelas de modelaje.

Hay que pensar el Let’s Gómez como un evento que forma parte de una tradición cultural gomezpalatina, o sea “la cultura de la calle”. Seguir leyendo

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La lectura como un acto libertador

Más de una ocasión he escuchado que la lectura libera, que da a los lectores una posibilidad de mundo más amplia o que incluso puede asistir en los quehaceres de la vida. Llevo ya algún tiempo leyendo libros y revisando cómo la lectura de esos libros ha cambiado mi espectro de pensamiento. Me he preguntado si en verdad en mi experiencia personal ha ocurrido una mejora a causa de este hábito (como se dice tantas veces en la promoción del mismo). También, he observado (casi que espiado) a otras personas que son lectores y que sin duda han leído mucho más que yo. Los escucho, me relaciono con ellos y del mismo modo me he preguntado qué tanto dichas personas son más libres que alguien que no lee. Seguir leyendo

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Una noche de notas una noche loca.

Estos eran dos amigos que llegaron a una casa buscando a un tercero. Lo encuentran muerto –probablemente por suicidio-, y nada más porque se les hinchan los huevos se ponen a buscar la nota suicida.

Esta invasión a la privacidad de los cajones del muertito se vuelve para los dos amigos –A y B-, una odisea, unas vacaciones en el estómago de una ballena, una temporada de cuarenta días en el desierto, un viaje hacia la India, etc., donde se pondrán a prueba las nociones de amistad y de vida, dando como resultado que ambas cosas no sirven para nada.

De esto trata Nota sin título de Carlos Portillo, dirigida por Ricardo Bugarín de la compañía Gula Teatro. De eso y nada más.

Voy a dejar de lado al texto -porque no me interesó-, para concentrarme en la propuesta escénica, y principalmente en Bugarín pensado como director. Seguir leyendo