Columna

¿Leer te hace mejor persona?

Parte I: los educados vs los ignorantes

Recuerdo que durante los movimientos sociales que surgieron como parte de una campaña de rechazo hacia el PRI en las elecciones federales de 2012, aparecieron videos de enfrentamientos entre dos grupos: el de los acarreados del partido y el de los protestantes en contra de ese partido. En uno de esos videos se puede escuchar cómo los protestantes gritaban a los acarreados: “¡lee un libro!”.
En este caso, los protestantes (preocupados por el regreso de un partido que sabemos instauró prácticamente dictadura presidencial) trataban de expresar su frustración por tan horrible práctica política de acarrear gente para dar apoyo a un candidato, y ante tal suceso podemos analizar dos cosas: lo más claro, que los acarreados demuestran las profundas necesidades que los agobian, y que eso permite que la pobreza sea manejada políticamente. Y dos, algo menos claro pero también acuciante, que los protestantes – supuestamente educados—respondieron con una agresión, y con la frase “lee un libro” blandieron una espada que los separaba de las masas manipuladas por las fuerzas políticas.

La verdad es que la diferencia cultural entre unos y otros no es tan tajante. Leer un libro no hará que la maquinaria política se quede sin adeptos ni que los que sí han leído tengan, por ese motivo, una superioridad cívica espontánea. Si bien el compromiso político en los que protestaban es valioso: demuestran que su responsabilidad cívica no se vende. Pero cuando gritaron “lee un libro” expresaron su poca cultura y, más en el fondo, un desprecio por las personas que se dejan seducir por los premios inmediatos y etéreos del acarreo político.

El grito “lee un libro” puede escucharse como esa otra ofensa que sería común escuchar entre las clases privilegiadas y pudientes cuando se enfrentan a otra clase económica poco favorecida, pues me pareció escuchar al final “lee un libro… naco”. La verdad es que los protestantes contestaban la agresión con otra agresión y eso evidencia que los que supuestamente sí saben leer se sienten superiores, cívica y culturalmente.

La vida cívica en este país es un fantasma. La barbarie parece imperar en todo el territorio. Es de gran valor que haya gente que salga a la calle a manifestar pacífica y libremente su desacuerdo con la clase política, por la baja percepción de representatividad política. Sin embargo, estos manifestantes decidieron salir a la calle y les gritaron a los acarreados al tono de ofensa y desprecio demuestran que la barrera cultural en México es mayor que la rápida barrera comúnmente aceptada entre ricos y pobres, va más allá de la diferencia de los que saben leer y pueden comprar libros; y los que no saben y/o no tienen acceso a los libros.

El “jodido” al igual que el “naco” es aquélla figura cultural que en México se usa como primer y último recurso para diferenciarnos: por un lado, al jodido se le adjudica la etiqueta de ignorante, “indio”, pobre. La población jodida es la que no sólo tiene pocas, casi nulas, entradas económicas y está sujeto a la proximidad de la vida, “viviendo al día”.

Pero también la palabra “jodido” se usa para calificar a los que mantienen sus valores morales y cívicos ante los embates de la carencia y defienden su dignidad en épocas de injusticia, aun cuando eso les conlleve mayores penurias económicas. Recuerdo aquí también a un corrupto líder sindical diciendo que él no había nacido para jodido. El “jodido” es entonces el mayor idiota, sea pobre o no, o el que no roba cuando todos roban, o el que no tiene como o no quiere joder a otros.

El “naco”, al igual que el jodido, puede ser simplemente el pobre, ignorante y de mala educación, con una connotación un poco distinta. Puede ser alguien que no entiende de temas de cultura pero también puede ser alguien que no favorece las posturas estilísticas y moralinas de la riqueza y las “clases altas”.

Sean jodidos, nacos, pobres o ignorantes los manifestantes, o lo sean los acarreados, lo que veo de fondo es precisamente una diferencia que se expresa en distintas connotaciones. Lo que no se atiende es a la unidad social. Los acarreados no deben ser maltratados u ofendidos, sino orientados, defendidos y apoyados precisamente por los que tienen esa responsabilidad civil, para que no se les orille a escoger premio absurdo del político cínico. Para que se solventen sus necesidades sin tener que peregrinar o hacer mafia por recompensas.

Lo que no veo entonces es unidad social, ni en lo cívico ni en lo cultural. Lo cívico, hacer ciudad y hacer política, es fundamental para unir a todos los estratos sociales. En lo cultural se deben universalizar los bienes de la educación y la lectura. Yendo hasta el fondo de la ofensa, está el mandato ético que indica que nunca se debe sobreponer ningún estatuto mayor a la dignidad personal.
La cultura no es solo la de estudiosos intelectuales de bibliotecas enormes, ni mucho menos los aprendidos modales y artífices de la “alta” sociedad. Contrariamente a lo que se piensa, puede haber una persona culta que no haya leído un solo libro si su forma de vida favorece la convivencia y la amistad.

Chesterton entendía la cultura como una forma de vida, no precisamente la que da una educación formal y escolarizada, sino la cultura que pueden tener un campesino que ofrece su casa y alimento a los viajantes, como lo cuenta Luis A. Santullano – pedagogo español, amigo de Unamuno – en su libro Padres, Hijos y Maestros.

“Leer con seguridad nos hace personas” dijo Baltasar Gracián. Pero no mejores personas que las que no leen. La responsabilidad intelectual del que lee está en compartir su gusto o disgusto por lo leído, fomentando la lectura. Tampoco hay que caer en la idea de leer por leer pues eso nunca ha sido más que un ejercicio mnemotécnico inservible cuando no nos lleva a pensar y reflexionar sobre lo leído.

Leer nos hace más humanos, si y solo si, pensamos sobre lo que leemos. Si reflexionamos acerca de lo que se dice. En un tiempo y un país de analfabetismo real y práctico, esta última diferencia es de vital importancia. Leer, como ejercicio intelectual también puede ayudarnos a acrecentar nuestra memoria, mejora la organización del trabajo y la vida, nos sensibiliza, nos hace empáticos. Leer nos puede ayudar a entendernos como personas, como parte de una sociedad, a aceptar al otro, a compartir.

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“Desconfía del hombre de un solo libro” dice el proverbio. Un libro nunca nos salvará, en todo caso, nos dejará literalmente en la tragedia de no leer otros libros. Un libro, metafóricamente hablando de la lectura, si no se lleva a la vida, nos dejará a la expectativa de que lo leído se convierta en algo irreal, que sólo sucede en la fantasía pero perdido en la vivencia social, faltará algo que no se encuentra en la vida e ir a buscarlo precisamente en la biblioteca empolvada.

La cultura seguramente está en los libros, pero no solamente en ellos. Está en la convivencia social amigable, la sociabilidad y disposición participativa. También en la ciencia y la investigación, pero entendiendo que la finalidad del conocimiento es una finalidad humana. La cultura se hace en las instituciones sociales y gubernamentales, está en las tradiciones culturales de los pueblos y en la cultura cívica. Es decir, en todo producto del saber humano que tienda a la mejor humanidad.

La cultura actual denuncia abiertamente, como aquél grito de los protestantes contra los acarreados, que es ignorante en realidad, y como toda ignorancia lleva a la postura defensiva y cerrada. La cultura actual no favorece la sabiduría, a la vida intelectual ni a su responsabilidad, que llamaría a las personas a compartir lo que se sabe, ayudando a esas personas que han sido marginados de los beneficios sociales y culturales, y así resarcir un poco de lo que históricamente se les ha imputado.

Bibliografía

1. Santullano, Luis. Padres, Hijos y Maestros. Ediciones México, S.A. 1945
2. Llano, Alejandro. La vida lograda. Editorial Planeta, S.A. 2002.
3. Sertillanges, A. D. La vida intelectual. Fondo de Cultura Económica.
4. Zubiri, Xavier. Naturaleza, Historia, Dios. 1942; edición sexta, 1974. http://www.zubiri.org/works/spanishworks/nhd/nhdcontents.htm

Si a usted le interesó este tema y quiere saber más, le recomiendo una lista de libros de temas sobre la lectura, la vida intelectual, la cultura y el arte.
http://portalsej.jalisco.gob.mx/educacion-valores/system/files/recomendaciones_de_lecturas._hechas_por_el_dr._lorda.pdf

Reseñas

«El teniente Sturm» de Ernst Jünger

En un año de centenarios como lo es el 2014, no podríamos dejar pasar algún comentario acerca de la Primera Guerra Mundial. Para tales efectos me parece pertinente abordar la novela titulada El teniente Sturm de Ernst Jünger. El método es algo tramposo porque la editorial Tusquest la reeditó este mismo año para aprovechar la coyuntura mencionada y quizá de esta manera tener mayores ventas. Yo caí en el embeleco y hace unas semanas mientras deambulaba por una librería sin saber qué comprar (me parecía que no había ninguna propuesta válida entre todos esos libros), decidí llevarme el volumen. Seguir leyendo

Reseñas

«El Mal o El drama de la libertad» de Rüdiger Safranski

Cada día estoy más convencido de que el único tema que verdaderamente debe ser abordado por la literatura y la filosofía es el Mal radical. Borges (y no sólo él) comentaba que había solamente dos temas en el arte, el Amor y la Muerte. Borges al ser un hombre de su tiempo no pudo ver que a partir del Siglo XX el verdadero argumento sería el Mal. Por ahora las verdaderas incógnitas de la humanidad se depositan en dicho tópico. La Muerte como tema quizá ha comenzado a ser menos importante, porque de pronto en un mundo como el nuestro, sobre poblado, sin recursos, sin empleo, sin seguridad social, ha comenzado a verse como una escapatoria real y no un drama. Mucha gente hoy en día prefiere morir después de razonarlo concienzudamente. Ahora bien, si la Muerte como tema poco a poco ha perdido su dramatismo, de pronto pienso que el Amor con mayor razón ha quedado relegado. El Amor, sin futuro, sin espacio, sin posibilidad, se presenta como un sueño de niños, que se erigiría en un mundo completamente inexistente. Estas ideas pueden ser debatibles, pero considero que no lo es el hecho de que el Mal es el tema que debe abordarse. Seguir leyendo

Columna

No soy negro, soy prieto.

En México no hay muchas personas de raza negra, cualquier extranjero de raza africana sabe que su presencia no es común porque en todos lados termina siendo el centro de atención. En los últimos años las condiciones económicas desfavorables que se viven en Centroamérica han ido impulsando a cada vez más personas a aventurarse rumbo a Estados Unidos en busca de trabajo. Muchos de estos inmigrantes tienen raíces africanas, pero solo los vemos de paso (buscando caridad en los cruceros ferroviarios). Pero no es de economía de lo que quiero hablar, este texto hablará acerca del color de la piel y mi confusión.

Yo soy de piel morena, bastante, es decir: soy prieto. Si por tu mente pasa, estimado lector, por un momento alguna sensación desagradable o idea acerca del por qué no dejarlo solo en moreno, por qué tener que escribir “prieto”, entonces sabré que voy por buen camino y tú sabrás que algo nos pasa a los mexicanos con esa palabra; que va cargada de significados, de prejuicios. Seguir leyendo