Ensayo

La teoría de la narración de Paul Ricoeur en la cuentística de Eduardo Antonio Parra

Una de las principales cualidades de la cuentística de Eduardo Antonio Parra es el diálogo que hace con lo simbólico y lo mítico. En textos como “La piedra y el río” se genera una elaboración de este tipo, a pesar de que su narración está hecha desde lo histórico concreto. Es decir, sus cuentos forjan un marco de verosimilitud en relación con una referencia extraliteraria específica, a saber, las comunidades del Norte de México, que sin embargo se disloca en una configuración metafórica mucho más expresiva.

En primera instancia dicho rasgo en la escritura de nuestro autor es evidente, al grado de que el sustento poético de los relatos se realiza en lo mítico simbólico; sin embargo, su elaboración literaria no se origina en un lenguaje netamente alegórico, sino en uno bastante llano y directo, hasta cierto grado vulgar. Los cuentos expresan un excedente de sentido que por otra parte no es posible establecer únicamente por el análisis de sus frases y párrafos; en su escritura son pocos los tropos a nivel de la frase. Esta circunstancia genera el cuestionamiento por un método de análisis que permita asir de manera más completa, sin simplificar su naturaleza literaria, los sentidos de la cuentística de Parra. A este respecto, la teoría hermenéutica de Paul Ricoeur, que desarrolla en obras como Tiempo y narración y La metáfora viva, es una opción que ayuda a dilucidar los procesos de los textos mencionados.

Hay que decir que los conceptos de mímesis y mythos, abordados específicamente en Tiempo y narración, tienen su origen en la Poética de Aristóteles, texto donde el filósofo griego hace una disertación de la composición de la tragedia. Paul Ricoeur, a lo largo de sus estudios, constantemente hace alusión a la filosofía aristotélica, su trabajo en gran medida es un intento por expandir los modelos teóricos del pensador clásico de tal manera que sean pertinentes para el esclarecimiento de fenómenos (en este caso literarios) de una época moderna. De esta manera, no sólo da una teoría de la metáfora en relación con el símbolo y el mito, partiendo de la Poética, sino también construye un puente con una teoría de la narración.

Concepto de mythos

Empecemos por decir que el concepto de mythos hace alusión por lo que comúnmente se conoce como trama. En este sentido podríamos decir que se refiere a la manera en la que están dispuestas las acciones dentro de una obra literaria, de tal forma que ésta parece encerrar un sentido que escapa a lo que está explicito dentro de la misma, fenómeno muy similar al que sucede con la metáfora a nivel de la frase . Digamos que es una ordenación de los acontecimientos, que contiene un significado. Mientras más complejo sea el mythos, este significado más expresivo y amplio será, y por lo tanto más escurridizo para una posible explicación conceptual. Aristóteles en la Poética dice del mythos que es una peculiar disposición de las acciones, argumenta que es la imitación de las acciones humanas.

Porque la tragedia es imitación, no de personas, sino de una acción y de una vida, y la felicidad y la infelicidad están en la acción, y el fin es una acción, no una cualidad.
Y los personajes son tales o cuales según el carácter; pero, según las acciones, felices o lo contrario. Así, pues, no actúan para imitar los caracteres, sino que revisten los caracteres a causa de las acciones. De suerte que los hechos y la fábula son el fin de la tragedia, y el fin de todo. (148-149)

En varias traducciones de la Poética para señalar este concepto por lo general se emplea la palabra “fábula”, en otras se emplea la que aquí hemos referido “trama”. Ricoeur al retomar dicho concepto plantea la problemática de los diferentes términos utilizados para nombrar la idea de la disposición de las acciones dentro de una obra. Considera que lo más pertinente es hacer uso del vocablo original mythos, palabra que inmediatamente indica una mayor complejidad, ya que engloba muchos más elementos y significados para una cultura.

Por otra parte, la palabra mythos inmediatamente hace alusión a “mito”, o en francés a mythe. De esta manera encontramos una voz que muestra relaciones no sólo de índole literaria, sino relaciones que tienden a áreas del conocimiento antropológico, un camino que permite conocer mejor la identidad de una cultura.
Por lo tanto, en este orden de ideas, para efectos de la teoría de Ricoeur el mito se entiende

como un relato tradicional referente a acontecimientos ocurridos en el origen de los tiempos, y destinado a establecer las acciones rituales de los hombres del día y, en general, a instituir aquellas corrientes de acción y de pensamiento que llevan al hombre a comprenderse a sí mismo dentro de su mundo. (Ricoeur, Finitud y culpabilidad 127).

En Finitud y culpabildiad, en el apartado de “Simbólica del mal”, se plantea que el mito es la estructura en la que los símbolos pueden desarrollarse por medio de la palabra. En el mito el símbolo toma la forma de cuento (252). Así, el mito pude considerarse una narración donde los símbolos primarios de una cultura se entrelazan, donde dialogan, para generar una totalidad respecto a la identidad de una cultura y por lo tanto de los hombres que la habitan.

Siguiendo este camino es como se explica que el principal medio de expresión de los símbolos es la palabra, ya que a través de ella logran expandirse y relacionarse con otros símbolos. Un símbolo por sí mismo no se sustenta, requiere de la retroalimentación constante de otros. No es de extrañarse que en la literatura encuentren un manantial por el cual se nutren.

Por otro lado, bajo los supuestos anteriores es cuando se comprende mejor una de las tesis comentadas por Ricoeur, donde se dice que el símbolo en primer lugar es una construcción cosmológica; en segundo lugar, una elaboración onírica, y por tercero, una poética (Finitud 132). En Freud: una interpretación de la cultura, el filósofo francés argumenta que los símbolos que se manifiestan en los sueños desde el subconsciente sólo son asibles por medio de la palabra, cuando son narrados por quien los experimenta. Únicamente son significantes cuando son dichos. De una manera analógica, podríamos decir que los símbolos son accesibles dentro de una cultura cuando se convierten en narración a través de los mitos. Por ello es que Ricoeur una vez que hizo el análisis de la estructura de la metáfora, como complemento a sus primeras investigaciones del símbolo, centró su atención en la narración, estructura lingüística donde los símbolos tienen un camino en la palabra. Como es obvio, lo anterior nos dirige casi inevitablemente a la literatura, misma que a su vez encuentra su origen, según autores como Jorge Luis Borges, en los mitos primarios.

De esta manera, vemos que se ha hecho un recorrido circular, una vuelta al principio que nos permite comprender cómo ocurren los procesos de construcción simbólico-mitológica y cómo estos se manifiestan en su complejidad a través del lenguaje metafórico. Ahora bien, considero que es pertinente matizar los conceptos planteados.

No es que se esté haciendo una equivalencia llana entre lo que se entiende por el mythos y lo que se entiende por mito. Sin duda, como se comentó, se encuentran muy unidos, al grado de que uno explica al otro, pero tal hecho no significa que sean lo mismo. Por lo tanto, trataré de matizar una línea, aunque ésta sea muy delgada, entre los dos conceptos.

Primeramente, el mythos es una estructura literaria que pretende una tensión dramática. Es la imitación de las acciones de hombres de una sociedad, dispuestas en una obra con la intención de que se origine un conflicto dramático, y a su vez una revelación o epifanía. Lo anterior, según un “paradigma” (usando una palabra de Ricoeur) determinado de una tradición cultural. Es decir, es una estructura o una forma narrativa que se elabora a partir del paradigma de una tradición, para ocasionar un sentido, una teleología, la cual propicia una efecto estético. Precisamente el ejemplo más claro de esto es el de la tragedia, género dramático que fue analizado por Aristóteles, quien manifestó que debajo de las diferentes partes que conforman este género, lo que sustenta el efecto estético y lo que da sentido (simbólicamente) a la obra esencialmente es el mythos, como resultado de la peripecia, entre otras cuestiones.

En otro orden de ideas, la tragedia, a partir de la Poética, ha servido como modelo o “paradigma”, para la posterior creación de obras literarias, ya sean dramáticas o narrativas. Por ello es que hablamos de paradigma; en otras palabras, el mythos es una disposición de las acciones que surge de la “sedimentación” de un paradigma, mismo que con el transcurso de los siglos dentro de la tradición literaria occidental ha servido de referencia, a tal grado que existen preceptivas de los diferentes géneros, a saber, el trágico, el cómico, dentro de la dramaturgia; el cuento, la novela, dentro de la narrativa, así como las distinciones que se hacen entre la épica y la lírica. En cada una de estas divisiones, se hace la distinción con base en paradigmas, de los cuales las obras parten para hacer diferentes variantes. Es aquí donde podemos encontrar la reelaboración de mythos con particularidades a veces contradictorias en las distintas obras, lo cual no es otra cosa que la vivificación de una metáfora muerta constituida por una narración.

Asimismo, cuando hablamos de mythos lo hacemos más en relación con una estructura literaria, la cual como se sabe cambia en cada obra, pero que a la vez se nutre de la tradición. Podemos decir, para seguir con nuestro ejemplo, que en la tragedia griega hubo diferentes reelaboraciones de mitos (vivificaciones), por ejemplo el mito de Electra; sin embargo, en cada obra, ya sea de Sófocles o Eurípides, el mythos dentro de la obra es diferente, la disposición de las acciones es diferente. Ahora bien, en estos dos ejemplos, los autores estructuraron sus obras desde el paradigma del género trágico.

Ahora bien, el mythos al proponer una disposición de las acciones al mismo tiempo monta una interpretación de dichas acciones, se podría decir que busca relaciones simbólicas de las conductas humanas. Propicia teleologías que dan sentido a los acontecimientos emulados en alguna obra. Es aquí donde se encuentra su función semiótica, su alejamiento del mundo al cual hace referencia, la reconfiguración de algún esquema previo.

El mundo sólo adquiere sentido cuando es representado dentro la mente humana, también dichas representaciones únicamente se logran a través de una forma simbólica, la cual reconfigura lo que los impulsos empíricos de la realidad nos estimulan. Adicionalmente, las dichas formas simbólicas construyen categorías dentro del pensamiento, que dan sentidos a lo que la realidad nos presenta. Dichos sentidos tienen una doble función, por un lado nos alejan del mundo, y por otro nos acercan a él. Nos alejan porque tales procesos solamente ocurren dentro de la psique, la realidad no esconde significados más allá de los que el hombre le confiere. No es que la realidad, la naturaleza (usando un término aristotélico) sea humana, es más bien el hombre quien la humaniza. En contraparte, nos acercan al mundo, porque lo interpretan, lo hacen habitable bajo un lógica.

El mythos es un camino para humanizar las acciones de los hombres, mismas que están, aunque muchas veces se considere lo contrario, determinadas por el azar y lo aleatorio. No hay causalidades en la realidad. El mythos crea la ilusión de que sí las hay. Hace una construcción de “concordancia discordante” (Ricoeur, Tiempo y narración 80). Crea la ilusión de que los actos dentro de la obra son fortuitos, mas al mismo tiempo los acomoda de tal manera que da la impresión de que no podrían ocurrir con otro orden.

Esto como se observa es una alejamiento de la realidad, un alejamiento que a la vez nos acerca al mundo, al darle un sentido. El mythos dentro de una narración es una reconfiguración del mundo, en otra palabras una ficción.

Por su parte, el mito sin duda está constituido por elementos muy similares. Sin embargo, en él la elaboración no es tan intrincada; es decir no necesariamente conlleva una peripecia, no necesariamente existe en él un conflicto dramático. Ahora bien, no por ello planteamos que sea menos su valor desde el punto de vista semiótico; todo lo contrario. El mito precisamente es una construcción mucho más simbólica, por lo tanto más arquetípica, más alejada de la realidad. Pero a la vez donde los sentidos semióticos y semánticos se liberan para configurar realidades más humanas. Bajo este supuesto, todo mythos busca ser un mito, busca tener ese alejamiento que pueda desligarlo de la realidad establecida, para instaurar un nueva. Pretende destruir los sentidos previos de los acontecimientos, para darles unos nuevos, impensados hasta ese momento.

Ahora bien, ¿no es esto lo que propicia la metáfora a nivel de la frase? La metáfora encuentra relaciones impensadas hasta antes de su aparición, da nuevos sentidos a los elementos de la realidad previa. Nombra las cosas por primera vez, desvía la mirada hacia un nuevo rasgo del mundo. El mythos por lo tanto es la metaforicidad de la narración. Desvía la mirada que tenemos respecto a las acciones de los hombres, nos revelan rasgos que antes estaban ocultos. Mientras el mythos tenga una mayor capacidad de revelación, es decir mientras tenga una mayor capacidad metafórica en su sentido totalizador, también podrá considerarse “como un relato tradicional… destinado a establecer las acciones rituales de los hombres del día y, en general, a instituir aquellas corrientes de acción y de pensamiento que llevan al hombre a comprenderse a sí mismo dentro de su mundo.” (Ricoeur Finitud 127), es decir podrá alcanzar el rango de mito. He ahí su capacidad simbólica.

Concepto de mímesis

En el presente texto, no será posible abarcar todos los debates que se suscitan a partir de este concepto. Tampoco se podrá hacer un análisis exhaustivo de los procedimientos de la mímesis en la cuentística de Eduardo Antonio Parra. Únicamente nos servirá de referencia para indicar la metaforicidad en sus relatos a partir del mythos. Es por ello que solamente me enfoco a los acotamientos que Ricoeur expone en Tiempo y narración. Algunos críticos de la obra de este último han indicado que simplifica o confunde la mímesis con el mythos. Sin embargo, aquí no se hará una crítica de dicha cuestión, solamente nos concentramos en trazar los presupuestos de nuestra investigación.

Habría que iniciar el planteamiento indicando que el mythos dentro de una obra literaria no podría construirse si no hay de por medio una mímesis. Aristóteles, como acabo de mencionar, dice que el mythos es una imitación de las acciones de hombres. Es decir, se manifiesta cuando ocurre una emulación. Adicionalmente, la mímesis se ha traducido como “imitación”. Sin embargo, según la filosofía aristotélica, en la interpretación de Ricoeur, esto no debe entenderse como mera copia de la realidad, sino más bien como redescripción de ésta, redescripción que se sustenta a su vez en el mythos. “Imitar, en este sentido, no es duplicar la realidad, sino recomponerla, rehacerla, de modo que la cercanía a la realidad humana, que es lo imitado, se une a la distancia impuesta por la construcción de la trama” (Martinez 2)

Lo que se desea decir con esto es que la mimesis aristotélica es la imitación de un mundo a partir del sentido que le confiere el mythos y no a partir únicamente de una realidad externa, con todo lo que esto implica, según lo que se dijo más arriba. “… el rasgo fundamental del mythos es su carácter de orden, lo que viene a confluir en uno de los dos rasgos que retiene la mímesis: la idea de que el mythos es la mímesis. Más exactamente, la ‘construcción del mito’ constituye la mímesis” (Martinez 3). Por otro lado, “la cercanía [propiciada por la mímesis] indica la dimensión referencial y la distancia [propiciada por el mythos] el momento de la invención-ficción” (Martinez 2). Más aún, “la referencia ha de ser aquí entendida en el sentido de nuestra pertenencia al mundo. El ser en el mundo es el horizonte de toda mímesis, especialmente en el sentido dinámico y creativo” (Martínez 5).

Después de los supuestos planteados, volvemos a caer en un círculo que pude parecer vicioso, mas dentro del pensamiento de Ricoeur es completamente lo contrario, debido a que demuestra la capacidad de la narración para encontrar nuevas realidades, del mismo modo como lo hace la metáfora como tropo. De esta manera, la mímesis no es solamente copia, es más bien creación en relación con un mundo reconfigurado por la trama, un mundo que empieza a simbolizarse, que se interpreta desde un estar en el mundo.

Por lo tanto, según la teoría aquí expuesta la mímesis y el mythos son equivalentes a los dos lados de la metáfora. El mythos es el lado semiótico, nos aleja de la realidad empírica, de su referencia, de un estar en el mundo para reconstruirlo, para resignificarlo, y la mímesis es el lado semántico, ya que empalma la realidad de la narración con la realidad empírica (con un estar en el mundo), la emula para desviarla bajo una nueva orientación. En palabras de Alfredo Martinez “…la mímesis garantiza que el mythos nos hable de la realidad”. Es así como la unidad de los dos conceptos dentro de la obra literaria crean un excedente de sentido, superior a la suma de sus partes, “mythos y mímesis es en conjunto una innovación semántica” (Martínez 12). Es el logos y el bios de un discurso metafórico. Es un camino a la vez para una red simbólica.

El símbolo y el mito en la cuentística de Eduardo Antonio Parra

Ya se ha mencionado que en la literatura de Parra, como rasgo esencial, no se elaboran metáforas a nivel de la frase. Sus relatos por lo común hacen uso de un lenguaje llano, donde se intuye una necesidad mayor por narrar las acciones de los personajes, que la descripción de escenarios, o la reflexividad. No es un escritor que dentro de su literatura plantee explícitamente problemas de la escritura o la palabra, ni tampoco es un escritor que haga gran uso de alegorías. Más bien, es uno que busca contar situaciones concretas, que hacen alusión a referencias extralingüísticas. Es un autor que se preocupa más por dar sentidos a mundos referenciados de momentos históricos y sociales específicos, como pueden ser el Norte de México, la frontera con Estados Unidos, la violencia urbana, el mundo rural de fines del siglo XX.

Un ejemplo de lo anterior podría ser el cuento “La vida real”, que aborda la temática de la nota roja, la violencia de las grandes ciudades mexicanas de los años noventa, así como la vida de las clases marginadas, de los individuos en situación de calle. El cuento da inicio con las siguientes palabras:

Esta vida da asco, se dijo Soto y dejó caer el cuerpo en la silla cimbrando toda su carne, sintiendo cómo a causa del peso las vértebras aplastaban los discos hasta hacerlos gemir. Encendió un cigarro y notó que las manos ya no le temblaban. En cambio el sudor persistía en las palmas y entre los dedos a pesar de los constantes frotamientos contra la mezclilla de la chaqueta. En el silencio de la redacción, la imagen de los cadáveres volvió a flotar frente a su mirada. (149)

Casi toda la literatura de Parra está escrita con este tipo de lenguaje, mismo que es directo, incluso hasta cierto grado anti-literario, donde si aparecen metáforas casi siempre son giros muertos del lenguaje, locuciones que han perdido su capacidad de revelación (como lo puede ser la frase “las vértebras aplastaban los discos hasta hacerlos gemir”), característica que por otra parte propicia un tono coherente para los temas que aborda, ya que los presenta crudos.

Por lo tanto, la cuentística de Eduardo Antonio Parra concentra su capacidad de revelación, de epifanía, no en un “virtuosismo” de la palabra, no en una elegancia, sino en un lenguaje expresivo que parte de una emulación de dialectos, heteroglosias rurales o urbanas, en combinación con la construcción de tramas cerradas, teleologías de los mundos a los cuales hace referencia, mismos que las más de las veces tienen un tono trágico. Dicha particularidad nos plantea la posibilidad de encontrar lecturas más completas de su obra si hacemos un estudio detallado de lo que más arriba denominamos como el mythos.

Es en este nivel donde se genera el dialogo que señalamos con los simbólico y lo mítico. De esta manera podemos encontrar que bajo los mythos que se elaboran en cuentos que tratan sobre la vida de los indocumentados, se crean elementos metafóricos que parten de una condición específica, pero que a la vez se disparan hacia significaciones más universales, que a su vez dialogan con una sedimento de la tradición literaria de la que surgen: como lo puede ser la configuración del Río Bravo, figura que desde la teleología de su cuentística connota no sólo frontera geográfica y política sino símbolo de la muerte y la vida, así como también una alusión a la laguna Estigia.

De este modo, de una anécdota violenta, como puede resultar el asesinato de un hombre que ha vuelto de su travesía como indocumentado por los Estados Unidos a México, Eduardo Antonio Parra, a través de una trama (mythos), busca generar una interpretación arquetípica de tal situación, en referencia con un momento histórico y social determinado, a saber, en este ejemplo, como se dijo, el Norte de México. Hecho que a su vez apunta hacia la construcción de una postura ante tales fenómenos y, si se ve desde un punto de vista antropológico, incluso hacia la construcción de una identidad, de una pertenencia en correspondencia con las sociedades que son referidas. Es como se puede llegar a la conclusión de que una de las principales motivaciones de la literatura de Parra es mostrar al lector la vida de ciertos grupos marginales.

Asimismo, sus temáticas no sólo abordan lo marginal desde la perspectiva de la división de clases. Es decir que en su cuentística no únicamente aparecen indocumentados o campesinos, sino también se desarrollan otras marginalidades, como pueden ser la homosexualidad en las altas esferas, la mujer clasemediera, el oficinista, el hombre solitario de finales de siglo.
Sin embargo, no es que Parra presente dichos personajes desde un costumbrismo, o desde el mero esbozo, más bien les da una identidad, una interpretación en el mythos, en combinación con ciertas atmósferas, ambientaciones, tonos, lenguajes (mímesis) que buscan comprenderlos, esclarecerlos y alcanzar una especie de verdad en relación con sus circunstancias; hace, como se comentó, una teleología; cualidad que pone sobre la mesa el debate respecto a si su literatura es realista o no.

Es especialmente en los cuentos que abordan la noche como símbolo, donde estos personajes urbanos (marginales desde temáticas sociales que no necesariamente implican la división de clases) se presentan con mayor frecuencia. En estos relatos una vez más el lenguaje es violento, soez, pero expresivo. En “El placer de morir” se dice:

Roberto la contempla mientras fuma, sintiendo cómo la combustión acre del tabaco le llena la garganta y aumenta el sabor ácido del vino en la boca. El cuarto cerrado huele a sexo, a humo, a alcohol. La brasa suspendida a unos centímetros de su rostro parece sucumbir ante la oscuridad; sin embargo, sus ojos delinean sin dificultad contornos de muebles y cortinas, el cuadro de la ventana, un hueco en la pared que conduce al baño. La sensación de pesadez le aplasta cabeza y pecho, pero puede convivir con ella como siempre. Sirve más vino y se recuesta. (149)

La metáfora aquí está ausente si la buscamos como tropo, lo contrario ocurre si hacemos un estudio del mythos.

Ahora bien, no es que en todos y cada uno de los relatos de nuestro autor sea evidente la estructura del mythos. Precisamente, en su ocultamiento está su calidad literaria. No obstante, retomando los postulados de Ricoeur, podemos decir que es sabido que en la literatura moderna las estructuras de la trama se han ido diluyendo al grado de que algunas obras (sobre todo en las consideradas experimentales) parecieran ser la prueba de que dichas estructura dentro de la literatura son inexistentes. En este sentido, en Tiempo y narración, se hace una reflexión donde se argumenta que ninguna obra literaria puede despojarse por completo del “sedimento de la tradición” y que precisamente las obras más transgresoras a veces son las que confirman con mayor claridad lo que niegan, a saber, la presencia de tramas, de teleologías, de interpretaciones simbólicas de realidades.

En la cuentística de Eduardo Antonio Parra hay casos en los que el mythos no es esquemático, más bien apenas se intuye, se vislumbra, se escapa al concepto; sin embargo, esto no implica que no podamos encontrar sus sentidos, su metaforicidad y configuración.

Más aún, dicha metaforicidad se complementa de un relato a otro. En algunos cuentos que abordan un mundo o una temática específica, en ocasiones, se desarrollan elementos que resignifican o enriquecen las tramas de otros textos del autor. Un ejemplo de lo anterior podría ser las configuraciones de la noche, configuraciones que en un cuento puede connotar, entre varios sentidos, soledad; a este respecto, cuando se hace la lectura de otro cuento del mismo ciclo y temática, el sentido de la soledad aún puede tener un eco en alguna configuración del segundo texto, el cual usando la misma metaforicidad de dicho elemento (en este caso la noche), centre su atención en un sentido diferente, como podría ser la prostitución. El diálogo entre los diferentes cuentos a su vez crea una red simbólica más completa.

Ahora bien, si se dijo que en la literatura de Parra por esencia no se hace la construcción de un lenguaje metafórico deliberado, esto no quiere decir que en algunos cuentos dicho lenguaje no aparezca. La literatura en cuestión presenta este tipo de contradicciones. Lo que se quiere decir es que el lenguaje en Parra parece no encerrar construcciones “preciosistas”, parece no ser un escritor de revelaciones lingüísticas; no obstante, lo que ocurre es que las metáforas que emplea nuestro autor por lo común son metáforas muertas, que sin embargo se resignifican por medio del mythos. Un ejemplo de esto es “La piedra y el río”. En él se presentan pasajes como el siguiente:

Las siluetas quedaron inmóviles. Las ráfagas del aire se tornaron perezosas, vacilantes. Del río se levantaban ahora unos gemidos tímidos, como si las gargantas de los remolinos fueran estranguladas por una mano profunda y agonizaran entre los suspiros de burbujas minúsculas. Tal parecía que la voz de Dolores hubiera apaciguado las furias nocturnas tan sólo ordenando un poco de calma para oír mejor. La noche se había vuelto de piedra: el río quieto, mineral; el viento inexistente; los gatos con el cuerpo unido a la tierra, silenciosos. (138).

Sin duda aquí hay enunciados metafóricos, mas dichos enunciados a final de cuentas están supeditados a la trama, la cual se sustenta sobre todo en el río que funge como portal entre la vida y la muerte, la cual sin duda es una sedimentación de la tradición que se puede remontar hasta la cultura griega. Es en este diálogo con la trama (mythos) donde se iluminan con distintos sentidos, donde encuentran su más alta valía literaria. Es en ella donde se construyen interpretaciones simbólicas y mitológicas que se relacionan con la realidad actual del Norte de México a través de lo que ya se ha comentado acerca de la mímesis.

Es así como se esboza una hermenéutica, con la intención de encontrar dentro de la literatura de Eduardo Antonio Parra una propuesta de mundo, una propuesta que quizá haga más habitable la realidad que nos hemos construido.

BIBLIOGRAFÍA
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Alfredo Loera

Alfredo Loera

Alfredo Loera (Torreón, 1983) es Maestro en Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana. Inició sus estudios de literatura en la Escuela de Escritores de La Laguna. De 2009 a 2011 fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. Publicaciones suyas han aparecido en revistas como Casa del tiempo, Círculo de poesía, Fundación, Pliego 16, Ad Libitum, Este país, Siglo Nuevo.

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