El pequeño sutra del árbol y del fruto

Capítulo 3: Mara

Fue casi irreal mi encuentro con el abogado. La dirección era de calles cercanas al mercado antiguo de la ciudad. No hallé lugar para estacionarme cerca y tuve que caminar bastantes cuadras recorriendo todo un sector de la ciudad que por poco había olvidado. En mi camino me crucé con un rarámuri vendiendo cigarros y cargadores de iphone, una señora que anunciaba a todo pulmón un veneno “la solución contra las garrapatas”, más adelante una mujer quincuagenaria rapeaba con una base del Cartel de Santa e invitaba a la gente a sentarse en una fonda. Durante todo el trayecto hubo basura, charcos, el olor de perfumes con mucho pachuli, agua de rosas, colonia de flor de naranjo, todos esos aromas mezclados con el olor de las frituras y en las esquinas se les sumaba el hedor de los desperdicios. Las fachadas estaban atestadas de letreros de boticas, de yerberías, anuncios de gente que soba, gente que quita el latido, que levanta la mollera y también de lectura de las cartas y de las manos; todos pintados con colores muy brillantes y aderezados con personajes que nada tienen que ver con lo anunciado como Piolín, Spiderman y Pedro Picapiedra. Y entre dos letreros de ese tipo, debajo de uno de los edificios antiguos de la ciudad, a una puerta y un pasillo largo era a donde me llevaba la dirección que me habían dado. Tras caminar un buen trecho todo cambió. Toqué el timbre de un interfón color titanio en una puerta de seguridad y al escuchar el zumbido entré a otro mundo.

El edificio antiguo, pesado, tenía el interior moderno, minimalista, bien señalizado el camino hasta un recepcionista solícito y atento quien me indicó el camino hacia el ascensor. A la puerta del elevador se encontraba apostado un guardia que vestía chaleco antibalas, armado con una escopeta y una carrillera de 6 tiros cruzándole el pecho, daba miedo pero fue excepcionalmente servicial. El ascensor funcionaba silencioso, sin ruido apenas y con una subida firme, los botones relucientes y el avance entre los pisos marcado por una pantalla led con bella tipografía. Al abrirse la puerta todo continuaba como abajo, una especie de hostess pretenciosa ya me aguardaba y me guio con una voz ronca hasta el despacho del doctor Ernesto. Él me recibió muy serio, perfectamente ataviado con un traje de tres piezas impecable, gris Oxford a rayas apenas perceptibles, su pelo cano y algo ondulado estaba muy engominado. Me saludo por mi nombre y comenzó a hablar, su tono de voz era aflautado, muy vivaracho y juguetón. Era la primera vez lo veía y su modo de hablar no encajaba con ese rostro de facciones bastante toscas y bigote delgado; tampoco con su modo de andar afeminado ni sus gesticulaciones excesivas. Después de una breve introducción me dijo en un tono parsimonioso y cómico que yo era el único beneficiario. Después me comentó que en ese encuentro me daría la enumeración de los bienes y disposiciones que le eran permitido comunicarme según los dispuesto por Beto. Yo me sentí mareado. Él lo notó y me llevo a su escritorio pidiéndome tomar asiento pasándose él del otro lado, pero siguiendo de pie.

-Los bienes más destacables de la lista son- y comenzó a caminar de un lado a otro y a verme como para hacer más tenso el momento, de pronto dio un giro completo y quedo con las manos en la cintura como si estuviera modelando en una pasarela- nomber uan: una cuenta con cuatro millones setecientos sesenta y tres mil pesos. Número número número dos: la vivienda en la que habitaba mi cliente propiedad que al momento está valuada en uno punto siete millones. Three: un vehículo marca Ford modelo Bronco dos del año de 1985 y last but nos least -hizo una pausa con su estilo grandilocuente como preparando un gran final-la estatuilla de latón con bronce denominada “El pequeño Siddhartha Gautama”. A la cuenta tendrás acceso en unos días, del vehículo y la vivienda te hago entrega de las llaves en un momento y sobre la estatuilla me gustaría explicarte algunas particularidades. Son ciertas, ay, mmm… ciertas pruebas que en caso de querer comerciar con ella tienes que superar-dijo ya más tranquilo mientras se sentaba.

Eso fue textualmente una parte de lo que me dijo el licenciado. Yo había revisado mi cuenta de ahorros en la aplicación bancaria del celular tanteando que si había que pagar algo podría solventarlo y cuando habló el licenciado me desbarató todo el plan que yo había hecho en mi cabeza. Esa idea que tenía de saldar mi cuenta con Beto, de regresarle de manera póstuma el favor por el préstamo y aunque no lo quiera decir, tenía la esperanza de que fuera tan simple como darme cuenta que no era un hombre complejo. Ya había imaginado que me enteraría de unas deudas enormes, que la casa estaba hipotecada, que no tenía nada y que toda su actitud de espíritu libre se debía solamente a que era un viejo necio que, como tantos, mantuvo la falacia de las religiones orientales y la vida hippie para ocultar su incompetencia ante la vida. Pensé que me mencionarían algo sobre alguna sobredosis o suicidio como causa de su muerte pero tampoco eso. Según me explico el abogado fue un cuadro de fallo renal que se complicó, lo cual hizo a Beto entrar en un shock del cual no se pudo recuperar. Yo deseaba que todo lo demás fuera así de simple.

-La tardanza en poder tener acceso al dinero se debe a que, para explicártelo de manera, uy, mmm, simple, había otra persona autorizada a acceder a esos fondos. Catalina La grande es esa persona y hay que notificarla para que posteriormente dicho acceso sea retirado, en unos días te llamaré, me contestas, eh, no te hagas del rogar – me dijo guiñándome un ojo- para que acudas a la institución bancaria ya que ahí deben capturar algunos de tus datos biométricos.

– ¿Catalina La grande?

– ¡Ay, que burra soy! Pues si Chava, así le decía tu papá a tu madre, pensé que era chiste compartido. Es que ya ves el carácter que tiene y como tiene de subalterno a Gusito.

Me confundió mucho la familiaridad con que se expresaba de mi familia, pero tenía más presente una incomodidad al saber que de la nada tenía la posibilidad de tener una cantidad tan cuantiosa de dinero. La simple posibilidad me hizo preguntarme cuánto dinero puede necesitar una persona. Cuanto es necesario para dejar de preocuparse. Qué cantidad es suficiente para vivir realmente y no sólo para ir sobreviviendo. Pero lo que más me pregunté en esos momentos es si existe la posibilidad, para una persona con un trabajo decente, honrado, legal, de poder ahorrar ese dinero en una sola vida. Porque yo no gano mal y me sería muy difícil comprar dos casas, mantener un hijo y mi propia casa si a eso se le agrega llegar a acumular esa suma de dinero. Pero yo tengo estudios, una carrera, un posgrado, un par de diplomados y lo más importante: la recomendación de Gustavo y de mamá; por esa única razón me contrataron en mi actual empleo. Porque provengo de una casa que les inspira confianza a los dueños y nada más. Pero lo cierto es que Beto no tenía nada de eso.

Es mucho dinero. En este momento me encuentro muy confundido, es como si me hubiera ganado la lotería sin haber comprado nunca un boleto, pero peor. Con la lotería al menos tendría la certeza de que fue justo, o injusto si se quiere, pero que fue algo voluntario; quiero decir que para mí es una estafa en que uno acepta entrar con la esperanza de ganar cierto dinero sin haber trabajado por ello. Cuando alguien gana, si es que aún existen ganadores de la lotería, les gana a todos esos que eligieron apostarle a otro número. Yo lo veo como si un millón de personas jugáramos un volado al mismo tiempo y solo uno fuera diferente ganándonos a todos. Al menos si de eso viniera el dinero no me molestaría tenerlo y hasta podría empezar a pensar en cómo administrarlo. Pero no puedo ni siquiera pensar en eso sin sentir asco. No puedo pensar en usarlo si no sé de dónde vino esa suma. Darle una parte a mi madre habiendo la posibilidad de que ese dinero haya sido obtenido con un secuestro me enerva; hemos tenido secuestrados en la familia y por haber vivido esa angustia sé que ella aborrecería el dinero. Y si fue por venta de drogas yo no podría aceptarlo, he visto como algunos de mis amigos se fueron marchitando por causa de esas mierdas. He visto robar, he sido testigo de cómo dejan a sus hijos sin comer para seguir comprando chingadera, he visto a las chavas dejándose violar a cambio de unas capsulas rellenadas con cocaína. Sí es así no podría aceptarlo, trataría simplemente de reparar los daños que Beto hubiera hecho, donándolo o algo.

Ahí en el despacho con toda la información que me dieron dándome vueltas en la cabeza no pude evitar recordar lo que me pasó con un compañero de nombre Alejandro cuando recién entre a la empresa. Él era más antiguo que yo en la oficina y fue el primero que me trató bien. Me invito a comer, dijo que nos fuéramos en mi carro por que el suyo estaba un piso más abajo en el estacionamiento subterráneo. Al subir al coche noté que traía una carpeta consigo, no le di importancia, creí que iba a comentarme algo o a checar algún informe aprovechando los tiempos que tardaran en servirnos. Comimos, yo estaba tranquilo pero a él lo notaba nervioso, raro, chateaba mucho en su teléfono. Cuando íbamos a la oficina me pidió que nos desviáramos. Y luego de un tramo en el que él me iba dando indicaciones llegamos a una placita del centro, ahí dejo de chatear, y se puso a mirar hacia las bancas de la plaza, estaba pálido. De repente sonó su teléfono, se sobresaltó tanto que tiró los papeles de la carpeta y yo sólo pude ver que eran fotocopias y a distinguir en gris el membrete de diferentes empresas. No le dije nada, me quedé viéndolo desconcertado pues yo no tenía idea de lo que estaba haciendo él, solo daba la impresión de que no era algo correcto.

-Por favor, dame chance, no le vayas a decir a nadie, te prometo que si algo pasa la responsabilidad es toda mía. No tienes nada que ver con esto, mi carro ya está muy quemado, dame chance- Me dijo con una voz y una expresión lastimera.

Yo le respondí que no sabía lo que estaba haciendo y que por eso no diría nada, y le advertí que era la primera y última vez que me metía en sus marranadas.

Él sólo sonrió y salió igual de nervioso hacia una de las avenidas dentro del pequeño parque. No tardó mucho. Al subir iba muy serio, me volvió a pedir perdón por haberme embarrado de lo que fuera que estaba haciendo. Yo no le respondí porque estaba indignado de que me hubiera metido en cualquier cosa que tuviera un atisbo de ser ilegal. De repente dejó de disculparse, se quedó serio mirando hacia afuera el resto del trayecto.

-¿Qué pensarían de mí mis hijos si supieran lo que ando haciendo para que puedan estar en un buen colegio?- dijo más para sí mismo que para justificarse conmigo, mientras yo aparcaba en el estacionamiento.

En aquel momento no respondí nada. Ahora sólo sonreí para mí de manera sarcástica pensando en lo que me acaba de comunicar el abogado sobre los bienes de Beto. Sabiendo que yo prefería no haber estado en los mejores colegios, pero tener un padre que no se rebajaba, que no vendía su integridad por dinero. Porque lo que estaba haciendo Alejandro le significo a la empresa a la que le vendió la información de los demás licitantes un contrato de varios millones y a él según supe después, cuando lo corrieron, le pagaron 10 mil pesos. Y todo ese orgullo, todo el donaire que sentí, que sentía desde ese día en un momento se me desmoronó al saber que Beto tenía esos millones. Ahora lo pienso y recuerdo que nunca estuve en una escuela pública. Ahora me viene de golpe la cara del Alex, su rostro pusilánime y me rehúso a creer que Beto tuvo alguna vez esa expresión en su rostro. Pero uno nunca sabe. Tengo que investigar que hacía y de dónde sacó tanto dinero. Si era un criminal no se lo diré ni a Julia ni a mi madre. Si no lo era lo dividiré en tres partes porque siento que eso es lo que hubiera querido Beto, que lo compartiera con los que quiero.

– Sobre la estatuita-la voz de Ernesto me sacó de mi ensimismamiento- Se llama “El pequeño Siddhartha Gautama”. Es una pieza de latón con bronce y plata, y yo lo que quiero es quebrar la piñata. Bromi. Es un bgoma, un poco de humog- dijo y me miró como si hubiera hecho una travesura, mi rostro debió ser de seriedad pues se recompuso y continuó- Esta datada en el 800 d.C. viene de la India, de la región de Cachemira, más bien la trajeron de allá ¿Verdad? Y desde hace años se está exhibiendo en el Los Angeles County Museum. Esta divina ¿No crees?-y me alargó en ese momento fotografías del catálogo del museo.

Y es otra de las cosas que me dejó Beto. Aunque no quiera creerlo todo apunta a cosas de narcotráfico, es una extravagancia poseer y tener a préstamo una pieza de arte antiguo de otro perro continente. Pocos seres humanos tienen la oportunidad de hacer eso, y resulta que un desempleado, Beto, es uno de los poquísimos que pueden darse el lujo de tener y prestar para que otros la vean una pieza de museo. La estatuilla está ahí para que la exhiban, si la quisiera vender la tengo que vender a ese museo y ni siquiera sé la oferta porque Beto no la quiso saber y solo firmo para que estuviera ahí en exhibición perpetua. Sabía o creo que muchas cosas del arte en la actualidad están relacionadas con el lavado de dinero, porque vamos, quién en su sano juicio cree que un plátano pegado a la pared con cinta adhesiva tiene algo de valor artístico; dulces tirados en el suelo, globos gigantes con forma de perro, una grabación en un cuarto oscuro con sabanas colgadas que repite interminablemente “izquierda, izquierda… izzzzzzquiiiiiiieeeeerdaaaaaa” son cosas que no valen un carajo. Todas esas pseudo obras claramente están hechas para lavar grandes cantidades de dinero. Pero con antigüedades no pensé que se pudiera, hasta ahora. Y no creí que Beto fuera tan presuntuoso, tan extravagante como para comprarse y tener una pieza de arte antiguo.

Para Ernesto:
Molido árbol
Nunca podrás erguirte
Tu fruto es libre

Estaba escrito en una tarjeta en el escritorio del doctor, yo reconocí la letra de Beto.

-Está muy mono, esa tarjeta venía dentro del sobre -me acercó la tarjeta para que la examinara- Ay, qué cosas tan bonitas decía tu papá, a veces se inspiraba el condenado Feli. Decía unas cosas que te hacían pensar, a veces después de oírlo como que se me hacía más bonita la vida y otras veces nomas me tenía a carcajada y carcajada. Después el mendigo no se acordaba de nada de lo que decía. Era tremendo. Tú le das un aire pero, mmm… no sé, quizá con otra ropa, algo menos tieso-me dijo Ernesto mientras acomodaba hojas para que yo las firmara.

Y porqué está vez no había ninguna carta, ninguna historia de su monje cochino y el aprendiz todo pendejo. Me hubiera gustado una que hablara de las dudas sobre los demás. Una, no sé, por ejemplo, en que el aprendiz no encontrará su alcancía de marranito, llenada poco a poco tras mucho tiempo y esfuerzo. Que de repente viera entrar borracho al maestro, oliendo a perfume barato, signo inequívoco de que había estado en el teibol y que lo describiera llegando con una nueva tanga de la bailarina de la que el maestro estaba enamorado. Que para más sospecha llegara con más cerveza para seguir pisteando. Que el maestro estuviera riendo y cada vez más el aprendiz fuera descubriendo signos de culpabilidad. Que incluso le hiciera una acusación directa y vulgar, algo como por ejemplo “Ya estuvo maestro, además de cumbia es usted una rata”. Quizá algo más discreto como “El ratero ha vuelto y vino pedo ¿O usted que piensa maestro?”. Y que el maestro le dijera que movió de lugar su alcancía de cerdito porque debajo estaba enterrada su tarjeta de BanCoppel y la tuvo que desenterrar para reponer ir al teibol por un nuevo trofeo o algo así. Algo que hiciera sentir mal al aprendiz por no confiar en alguien que internamente sabía que no podría ser culpable del delito, sentirse como una basura por pensar eso de alguien tan querido. Pero no hay nada de eso. Lo que hay, las pocas palabras de Beto en esta ocasión son algo que quiere ser un haiku y que a pesar de ser tan escasas hacen que mis sospechas sobre él crezcan. Porque no se pueden entender de otra manera, al menos yo no puedo hacerlo.

Me avergüenza decirlo pero a pesar de que la duda me estaba comiendo la cabeza tenía la esperanza de que fuera un hombre normal. Siendo un hombre normal podría quedarme en paz contándome que quizá al final de su vida valió madre, como le sucede a tanta gente que da un viraje hacia el barranco a mediana edad.

Camino a la calle en ese pasillo yo pensé que de esa manera podría preservar los recuerdos que tengo todavía de él de cuando yo era niño. La manera en que me enseñó a andar en bicicleta. Recordar cómo me llevaba de noche al estacionamiento vacío del estadio de béisbol, y me enseño sin que nadie viera mi ineptitud, sin temor a avergonzarme ante nadie, los rudimentos para poder pedalear. Tengo aún claro en mi memoria como me revisaba tras las caídas y como me abrazaba riendo y me hacía sentir que era divertido hasta caerse y que estaba seguro entre sus manos ásperas, grandes, y su risa fuerte. Esos entrenamientos duraron varios días.

Luego llego la prueba final, el llevarme a la ciclo pista de la unidad deportiva. El momento de asegurarme, de probarme a mí mismo que estaba listo. Recuerdo como dimos una vuelta al ovalo mientras ibas sosteniendo la parte baja del asiento.

-Ya vas tu solo, yo casi no voy tocando nada- me repetías. Y yo te decía que no me soltaras.

– En serio vas solo, yo apenas estoy rozando el asiento-y seguías repitiéndolo. Entonces te dije que iba a pedalear un poco más recio, que te prepararas.

– Voy a correr a un lado tuyo no le des muy recio- Me dijiste. Y yo seguí pedaleando y hablando contigo. Y juro que me respondías, juro que te escuchaba- Lo estás haciendo muy bien, al tiro, ahí viene una curva, pedalea menos recio, gira lento el manubrio. Debes tener cuidado con esta curva- te escuché claro hablándome al oído.

Y yo seguí pedaleando hasta la última recta para encontrarte a muchos metros frente a mí y eufórico.

-Diste la vuelta tú solo, diste la vuelta tú solo, tú pudiste solo-Me gritaste saltando al pasar y yo estaba tan emocionado que me di otras dos vueltas solo para pasar a demostrarte, demostrarme a mí mismo, y repetirme que sí, que yo solo había podido, antes de bajarme temblando de la bicicleta a abrazarte.

Pero eso hubiera sido si las cosas fueran diferentes. Ahora tengo que tener la certeza de que no eres un delincuente. Porque unas manos grandes son muy diferentes si son de un trabajador que si son de un asesino. La risa fuerte cambia si la emite un hombre pacifico o si un verdugo es el que ríe.

Por eso decido negarme a creer que hiciste daño a los demás. Voy a investigar todo lo que pueda sobre ti, papá. Voy a ir a tu casa y a ponerla patas arriba. Voy a ir hasta el rincón más apartado del mundo para tener la certeza de tu inocencia o de tu culpabilidad. Encontraré todas las pruebas que me digan si eras o no una buena persona. No voy a ser como el monje ojete del cuento que quería escuchar. Y seas como seas lo voy a aceptar porque no soy tu aprendiz, soy tu hijo y lo voy a comprender.

Continuará…

Adrián Chávez

Adrián Chávez

Nací en la ciudad de Torreón en el año de 1985 y, como muchos por aquí, pasé mis primeros años entre el campo y la ciudad, entre casas de adobe y edificios. Egresé hace ya algunos años de la Escuela de escritores de La Laguna "José Carlos Becerra" y hace algunos años menos estudié Psicología y una maestría en Sexualidad. Creo que escribir es un placer y una necesidad. Los géneros literarios que prefiero son el cuento y la poesía porque, pienso, tienen un mayor potencial para la comunicación, aunque desafortunadamente están casi olvidados en esta época de novelas.

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